Muere la escritora Helena Paz

A los 74 años, la hija de Octavio Paz y Ellena Garro falleció en su casa de Cuernavaca, Morelos por un problema gástrico.

Por Alexánder Hernández

Ayer 30 de marzo, a un día de festejar el centenario del natalicio de su padre, Octavio Paz, falleció la escritora mexicana Helena Paz, a los 74 años de edad.

Helena Laura Paz Garro, hija del premio Nobel de literatura y de la escritora Elena Garro, murió en Cuernavaca, Morelos tras una complicación gastrointestinal. Su muerte pone fin a la tradición literaria de la familia.

Su primo hermano Jesús Garro, quien se encargaba de atender sus necesidades en los últimos años, señaló que “alcancé a despedirme de ella. Le hable pero no reaccionaba, pero todavía estaba viva”.

El vínculo entre la difunta Helena y su padre no siempre fue saludable. Llegó a publicar una carta en la que criticaba la renuncia del poeta a su puesto en la embajada mexicana de la India, sucedida como protesta contra la matanza de Tlatelolco en 1968, lo que provocaría una separación de casi 20 años en la relación.

Acusadas de  instigar el movimiento de 1968, ella y su madre tuvieron que salir del país hacia EUA, prolongando después su auto exilio a España y Francia para volver a México a mediados de los noventas.

En 1991 publicó con la editorial española Devenir una plaquette con 40 poemas bajo el título Criaturas de la noche, prologado por el que fuera su maestro, el filósofo alemán Ernest Jünger.

En 2007 el Fondo de Cultura Económica distribuyó a las librerías La rueda de la fortuna que compila una selección de sus poemas escritos entre 1954 y 1962.  Finalmente sus memorias salieron al público con la editorial Planeta en el 2003.

Sus restos serán velados en Cuernavaca para después reposaran con los de su madre, en el Panteón de la Paz de la misma ciudad.

Octavio Paz le dedicó el poema “Niña”, que a continuación compartimos con nuestros lectores:

Niña

Nombras el árbol, niña. 

Y el árbol crece, lento y pleno, 

anegando los aires, 

verde deslumbramiento, 

hasta volvernos verde la mirada. 

Nombras el cielo, niña. 

Y el cielo azul, la nube blanca, 

la luz de la mañana, 

se meten en el pecho 

hasta volverlo cielo y transparencia. 

Nombras el agua, niña. 

Y el agua brota, no sé dónde, 

baña la tierra negra, 

reverdece la flor, brilla en las hojas 

y en húmedos vapores nos convierte. 

No dices nada, niña. 

Y nace del silencio 

la vida en una ola 

de música amarilla; 

su dorada marea 

nos alza a plenitudes, 

nos vuelve a ser nosotros, extraviados. 

¡Niña que me levanta y resucita! 

¡Ola sin fin, sin límites, eterna!

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