Octavio Paz: el tiempo y la lengua

Algunas reflexiones fundamentales de Octavio Paz en torno a la identidad de Latinoamérica, su lengua y su tiempo. Reflexiones de las que se ocupó en su discurso del Premio Nobel.

Por Sofía Secín

Posiblemente (espero no recibir con esto muchos reclamos), uno de los mejores escritos de Rubén Darío, fue lo que escribió Octavio Paz sobre él; lo que escribió en El caracol y la sirena. No niego, por supuesto, la importancia de Darío para la poesía y la lengua latinoamericana, no niego la influencia sobre los poetas posteriores, la influencia para los vanguardistas que tanto lo reconocieron, no niego la forma en que despertó a la poesía americana para que se atreviera a mirar al mundo para buscar, así, su propia voz, sus propios sonidos. Sin embargo, no puedo negar que lo que Paz resalta sobre Darío, y la forma en que lo hace, fascinan y convencen. Así es como él escribe.

Octavio Paz, sí, el ensayista, el poeta, el dramaturgo, el premio nobel, fue, ante todo, un verdadero maestro de la lengua. Supo usarla como pocos y supo meterse con ella hasta los rincones más esenciales de las problemáticas de su tiempo; entre ellas: la modernidad y su cuestionamiento; el lugar de América y sobre todo de Latinoamérica al interior de esa modernidad; y, con esto, el valor e incluso las condiciones de existencia de una literatura latinoamericana, o mejor, hispanoamericana.

Cuando Paz recibe el premio nobel, se dedicó, por supuesto, a hablar de la literatura y así a revalorizar la literatura de los latinoamericanos. En su discurso todo gira en torno a la búsqueda de dos elementos en particular; dos elementos que, para mí, son objeto de búsqueda de todo ser humano y, sobre todo, del escritor: el tiempo y la lengua. En primer lugar, para Paz, la lengua implica un problema fundamental para los americanos, pues llegó de fuera para establecerse y, así, sufrir un desarrollo propio, un desarrollo propio pero siempre con el referente peninsular: cargando su historia y mirando su presente. Por lo tanto, el español es y no es nuestra lengua. ¿Cuál es nuestra lengua?

 El problema del tiempo va por el mismo camino y ayuda a responder lo anterior: ¿en qué momento de la historia nos encontramos?, ¿en qué momento se encontraba España cuando llegó a América a diferencia de los Ingleses?, ¿cómo nos afecto eso? Aquí es dónde surge el problema de la modernidad, y con él, el propio cuestionamiento de sus caracteres constitutivos: en un principio la idea del progreso, más adelante, la caída de las grandes sistemas de verdad y la caída de la historia lineal y ascendente. Paz dice, como poeta consciente de lo que significa su oficio, que su búsqueda por ese tiempo particular americano, surge con un cuestionamiento sobre su propio tiempo. Esa búsqueda comenzó una vez que el idilio de su infancia se rompió, y surgió la poesía como rescate, como un experimento para comprender lo incomprensible. Esto nos dice que Paz no sólo utilizó la lengua para desentrañar al mundo, sino que en primer lugar se dejó ser un instrumento de ésta, se dejó moldear por ella y desde ahí observó y construyó.

 Posteriormente, cuando esa búsqueda personal se convierte en un reflexión más abarcadora, Paz hace un vínculo bello y calculado entre la poesía, los poetas y la modernidad: “los poetas saben algo: el presente es el manantial de las presencias”. De esa forma condensa esa discusión que derrumba la idea del tiempo como una línea recta que lleva siempre a un futuro mejor, y describe a la modernidad como ese tiempo en el que confluyen todos los tiempos, como ese tiempo en que se regresa a los orígenes para encontrarnos. Ese vínculo entre poesía como ejercicio personal y modernidad, indica otro elemento: ya no es posible pensar en elementos externos como aquello que circunscribe las direcciones que cada individuo sigue, ya no es lo nacional, no es el espacio geográfico. “…la modernidad no está afuera sino adentro de nosotros mismos”, dice Paz; la poesía se convierte, entonces, en un búsqueda personal. Nosotros construimos ya la herencia y no ella a nosotros; la herencia de Octavio Paz “Habla en náhuatl, traza ideogramas chinos del siglo IX y aparece en la pantalla de televisión”. Pensemos en esa herencia como particular de América, de Latinoamérica, de México, y sobre todo de cada poeta; ya no forma de pensarlo desde otros lados. Como Borges lo decía para los Argentinos: “nuestro patrimonio es el universo […] no podemos concretarnos a lo argentino para ser argentinos. […] Creo que si nos abandonamos a ese sueño voluntario que se llama creación artística, seremos argentinos y seremos, también, buenos o tolerables escritores”.

 Si la literatura en América surge de la mirada en el otro (el pasado, el extranjero) para reflejar la mirada en uno mismo (para encontrarse o perderse más), si surge por una necesidad de encontrar nuestro propio ritmo, nuestro propio tono, como lo hace Rubén Darío y lo hizo Paz, habrá que continuar reflexionado sobre el devenir de la literatura en una era donde la disolución de las fronteras y las distancias se experimenta en cada minuto. Nuestra herencia, tal vez cada día más radicalmente, es menos la herencia de una sola lengua, cada vez menos es la herencia de un espacio geográfico. Parece obvio pero lo repito porque seguimos olvidándolo. No hay que perder el tiempo reclamándole a un artista por olvidarse de su nación, como tampoco hay que adjudicarse reconocimientos en aspectos que no nos pertenecen.

 Por supuesto que Octavio Paz fue un hombre preocupado por su país y todo aquello que le concierne (sus expresiones artísticas y actividades políticas…), pero fue mucho más que un simple defensor, fue un crítico duro y un constructor de tramas que rebasan las discusiones puramente regionales. Como Paz lo dice en su discurso del Nobel: “Lo que cuenta de un escritor no es su pasaporte, sino su visión del mundo y su lenguaje”, admiremos o critiquemos a los artistas por eso; pensemos en le propio Paz de esa manera. Hay que leerlo.

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