La vida es sueño

Federica Porcu nos comparte una crítica sobre la adaptación de Claudio Valdéz Kuri del auto sacramental de La vida es sueño, recién presentada en el teatro Julio Jimenez Rueda.

Por Federica Porcu

Conocí un día a una chica que se tatuó en el brazo “La vida es sueño” porque lo había leído “no sé dónde” y porque sonaba bien. El acontecimiento, por más insignificante que sea, ha sido causa de extrañeza y perplejidad de mi parte. Algo de estas desagradables sensaciones ha regresado el pasado domingo 23 de marzo, día en que asistí a la adaptación del auto sacramental de La vida es sueño, que tuvo lugar en el teatro Julio Jiménez Rueda. La extrañeza comenzó desde el momento en el que vi sobre el escenario a catorce actores hombres bailando, mientras el público tomaba asiento. De ahí en adelante, todo fue perplejidad.

La representación duró dos horas (bien habrían podido ser dos mil) y en este tiempo los actores llevaron a cabo una “actualización” del auto sacramental de Calderón, actuando desde el caos que reinaba al principio, hasta la creación del hombre por los elementos y sus obstáculos en el mundo. Entrecomillo actualización por el malogro de la misma: el caos es, en el escenario, no solamente algo que reina al principio, como la trama misma lo requiere, sino una constante de la representación.

Claro que el caos en sí mismo no sería un problema, pero se convierte en tal cuando es generado por parlamentos barrocos y música contemporánea, sobreactuaciones y sobreinterpretaciones, desnudos innecesarios y acercamientos exagerados de los actores al público. Efectivamente, en el momento de “máxima tensión” de la obra, un actor desnudo y trece semidesnudos corren por el escenario motivados por una guitarra eléctrica distorsionada.            ¿Cuál debería de ser el efecto de esto, además de un revolcón violento de Calderón en su tumba? Pues bien, lamento reportar que el efecto sobre el público fue el opuesto a lo que podría pensarse. El teatro Julio Jiménez Rueda se llenó, aumentando así mi perplejidad, de risas y de felicidad.

Ahora es cuando mi crítica pasa de ser dirigida a la obra a ser dirigida a su público. Lo único que me aportó esta obra ha sido justamente una reflexión sobre las expectativas del espectador y sus necesidades. ¿Qué tipo de masoquismo impulsa a un espectador a reírse y a divertirse con este espectáculo? Esta pregunta me ha llevado a pensar a que asistí a una gran farsa (público incluido). Probablemente, el público disfrute una sensación de vulnerabilidad (hay quienes tuvieron miedo de no salir vivos de la obra) y una sensación de estar asistiendo a algo altamente intelectual. Dudo fuertemente de que las risas se debieron a un entendimiento real de los parlamentos, pues el barroquismo de los mismos impedía cualquier tipo de penetración: el público se reía por no entender lo que estaba pasando y, al mismo tiempo, por fingir un entendimiento.

La vida es sueño, autoscramental

Lo que espera un público a las 18:00 de un domingo es, por lo tanto, sentirse lo suficientemente inteligente como para entender una obra “de ese calibre”. Esto nos habla mucho de la pervivencia del barroco hoy en día, pero también de la deformación de éste hasta convertirse en pura falsedad, en pura actuación, en puro adorno (sigo hablando también del público), en obras y objetos vaciados de significado, como el tatuaje mencionado al principio. De la misma manera en que una escenografía espectacular con recursos decentes no hace una buena obra de teatro, el ser su espectador no nos convierte en personas inteligentes, sino en participantes de una gran farsa.

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5 pensamientos en “La vida es sueño

  1. desafotunadamente esa opinion demuestra una vez mas la poca experiencia de vida y arte(muy muy provincial en general)que tienen los mexicanos sobre todo en el teatro!pero si admito que no es facil escribir sobre este tipo de arte….pero tambien no tiene que ser penoso tampoco porfavor!no es por la mala critica para nada…..se enota que la persona que escribio eso “no tiene idea”

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