Leer a Ajmatova

Anna Ajmatova y Osip Mandelstam:  vestigios de una época truncada, asesinada y mutilada, que, ante todo, deja su testimonio en la poesía.

Por Carla Rivera 

Hace poco empecé a leer a los poetas rusos del siglo XX del llamado siglo de plata en la literatura rusa, específicamente a Osip Mandelstam (1891-1938) y a Anna Ajmatova (1889-1966). Empezar a leer poesía es decidir tomar ese camino que no conocemos –y que nunca conoceremos del todo–, sabiendo que solo al recorrerlo podremos percibir momentos de algo. Suena obvio, pero no lo es, también suena incierto, lo es mucho. La poesía es el espacio de las posibilidades en donde el poeta crea o vacía, reconstruye o destruye lo que conocemos como realidad.

Leer a estos poetas me llevó a un momento muy particular de un lugar muy particular y muy frio también: la Rusia estalinista. En esta época, el poeta representaba una parte fundamental de la sociedad. Debía mantenerse en la línea del simbolismo nacional, pertenecer al régimen y escribir al servicio de la sociedad. De lo contrario –hablar realmente de lo que sucedía, encontrar la voz propia y escribir sobre la vida– había consecuencias.

Tanto Ajmatova como Mandelstam se mantuvieron al margen del deber social y representaron en su poesía una actitud crítica, un testimonio de injusticia, una memoria dolorosa, un comentario sobre el mal y el mal mismo a través de sus consecuencias, la contraparte de lo que sea que fuera la parte, la individualidad en peligro, la crueldad absoluta, y la privación de la libertad que  finalmente es privación de la vida a través del exilio, de la amenaza y en el mejor/peor de los casos de la muerte.

Cuando no estamos tan acostumbrados a leer poesía tendemos a partir de la relación de un poeta con su tiempo a manera de documento histórico lo cual puede caer en una lectura limitada. El fin de la poesía no es político, histórico ni social, el fin de la poesía es simplemente lo humano.

Pensemos que no sabemos nada de los rusos y que no sabemos nada de la época, aun así nos daríamos cuenta del contexto y no está mal, hay que leer desde donde nos marque el poema. Tanto Mandelstam como Ajmatova nos dan indicios de lugares, momentos, nombres y esto resulta importante aunque no fundamental  ya que para la poesía a veces interesa más el cómo que el qué, en este caso importan ambos ya que lo que encontramos son vestigios de toda una época truncada, asesinada y mutilada.

En el caso de los rusos la poesía es un resplandor de vida en una época de muerte, porque a pesar de todo, el poeta sobrevive fragmentado. ¿Qué encontramos? ¿Qué queda de ello y cómo?

La escritura de Ajmatova es la huella de toda una época, una forma de existencia, una manera de permanecer en el mundo, de construir una concepción de memoria. Para ella, ser poeta era una manera de vivir y de reconciliarse con el mundo ya que la escritura se convirtió en la única manera para ser y permanecer–no era una opción, ni siquiera una decisión– era una necesidad de representación.

Leer poesía de la memoria o hablar de ella de esta manera, es una puerta para muchos autores que han sido parte de sociedades represivas, es también una manera de recordar una tradición o una historia de la que todos somos parte y necesitamos recordar, incluso es una manera de crear empatía en el lector (entiendo empatía como a capacidad de percibir lo que otro individuo puede o pudo  sentir).

Es decir, uno no vivió en Rusia en el siglo XX ni tuvo un esposo que murió asesinado, ni tuvo un hijo secuestrado, pero Ajmatova sí, y de alguna manera entendemos sus palabras e intentamos –aunque no significa que podamos– comprender  su locura.

«Todo ha perdido sus contornos,

y ya no soy capaz de distinguir

a la fiera del hombre, al hombre de la fiera,

ni sé cuánto falta para la ejecución. Me encuentro sola, rodeada de flores

polvorientas, del tintinear del incensario,

y de huellas que no conducen a ninguna parte.

Mientras me mira fijamente a los ojos

anunciándome la próxima muerte,

una estrella inmensa»  (Réquiem “5”)

Leer poesía nos lleva a un contexto, pero sobre todo a una persona. No creamos vínculos con la época sino con el poeta, que por sí mismo puede marcar una época. Creamos vínculos, llámese empatía,  solidaridad, proyección, a través de afectos. Primero, la sensibilidad; luego, la paciencia y la madurez para reflexionar y tratar de ver el todo con distanciamiento; finalmente, el tiempo y la atención que muchas veces no tenemos. ¡Cuidado!, ni compasión, ni sentimentalismo absurdo, simplemente conexión a nivel humano. Esto es leer poesía.

Aprendí cómo puede deshojarse un rostro,

cómo entre los párpados asoma el espanto,

y el sufrimiento graba las mejillas,

como tablillas de escritura cuneiforme.

cómo rizos que fueron castaños o negros

se tornan planteados por el paso de la noche,

y se marchita la risa en los labios sumisos

y en la seca sonrisa vemos temblar el miedo…

nos solo por mi elevo esta plegaria,

sino por todos aquellos que a mi lado

soportaron el frio atroz y el bochorno de julio,

a los pies de aquella pared roja y ciega. (Réquiem “Epílogo”)

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