La textura del recuerdo

Federica Porcu nos comparte algunas reflexiones en torno a la vida  y obra de la artista plástica Louise Bourgeois.

Por Federica Porcu

“Todos los días tienes que abandonar tu pasado

o aceptarlo y después, si no puedes aceptarlo,

                                                                         te conviertes en escultora”

                                                            Louise Bourgeois

Louise Bourgeois nace en 1911 en Boulevard Saint-Germain número 172. A pesar de que se mudará varias veces, sus casas siempre se encontrarán cerca de un taller de tapices, cerca del taller de sus padres, como en su primera casa. Tapices cuya tela la pequeña Louise mira con curiosidad y asombro; tapices que llegarían a ser parte de ella y que son ahora el tejido vivo de su arte.

Louis Bourgoise y su madre

La infancia de la artista adquiere matices sangrientos, pues coincide con la Gran Guerra, en la que muere su tío y es herido su padre. Las continuas visitas al hospital en tiempos de guerra hacen que la pequeña Bourgeois entre tempranamente en contacto con el dolor. Es un dolor físico, lleno de muerte, sangre, extremidades amputadas.

Estas imágenes de la infancia son arrastradas, sin duda, durante la vida de la artista. Ocurre, también a muy temprana edad, un cambio de su mirada hacia los tapices que la habían acobijado en sus primeros años. La niña empieza a dudar acerca de la protección que éstos pueden brindarle, y empieza a mirarlos con cierta distancia y desconfianza. Sin embargo, se siente ya atraída a ese material, y busca con los ojos, con las manos, la manera de apropiárselo, de cargarlo de su dolor, de la Guerra que ella misma empieza a luchar en su interior. A esto se suma la muerte de la madre Joséphine en 1932, que también marcará su producción artística.

Así empieza el arte de una Louise Bourgeois combativa a causa de sus recuerdos, y al mismo tiempo deseosa de actualizarlos, movida por una necesidad de forjar una memoria toda suya. Cada pieza de su arte, por lo tanto, es una pieza de su recuerdo, de su memoria. Entran en juego, entonces, lo corpóreo, la identidad, la muerte y, sobre todo, la constante presencia de una figura materna ambivalente.

Todo pasa a través del cuerpo en el arte de Bourgeois. El dolor, la sexualidad, la maternidad encuentran sus máximas expresiones en el cuerpo. La pieza de la imagen, Untitled, es un claro ejemplo de lo anterior. Antes de todo, que los huesos funcionen como perchas es significativo. El hueso es relativo a alguien que está muerto ya, pero que fue vivo en un pasado. Las prendas de ropa parecen significar lo mismo: también pertenecen a alguien que ya no está, pero que estuvo. La lencería y los vestidos son la señal clara de que en un pasado hubo un cuerpo que éstos podían cubrir y calentar, y que ahora solamente permanecen los huesos de éste, el puro recuerdo hecho materia con esta pieza. Característica interesante de esta obra es su manera de relacionarse con el espectador: las prendas, cuando alguien se acerca, cuando alguien camina a su alrededor, se mueven, vibran, cobrando vida por un instante.

La araña es una figura dominante en el arte de Louise Bourgeois ¿Por qué la araña? La artista la relaciona con la madre. La madre siempre se encuentra con las manos ocupadas en mil tareas, de la misma manera en que la araña ocupa sus patas en el tejido de la tela. En esta imagen hay algo de maternal, pero también algo de terrorífico. La araña de la artista no es algo acogedor. Es también un monstruo que atrapa, que enjaula los recuerdos: los protege, pero los ahuyenta al mismo tiempo. La sombra de la araña, de la madre está siempre presente, como ocurre, después de todo, en la vida misma de la artista. La araña resguarda todos los recuerdos: llaves, sofás, ropa. Todo lo protege bajo su terrorífica sombra, como se puede apreciar en Spider, en la imagen.

jaula spider

La jaula en sí es una manera de proteger algo. Cuando enjaulamos un pájaro, es para que no se nos vuele y para que no muera. El propósito de Bourgeois es el mismo: en su intento de que los recuerdos no vuelen (el volar sería, de hecho, su naturaleza), los encierra en una jaula. El encerrar es, por otro lado, un ‘privar de libertad’; es una acción violenta, sin duda, pero se presenta como necesaria.

La doble cara de estas piezas les confiere cierto misterio, ocultamiento: al mismo tiempo hay intimidad y vulnerabilidad; maternidad y violencia; protección e indefensión; vida y muerte.

Estos opuestos son el fruto de una lucha interna que no se resuelve, de una lucha que mantiene su carácter de lucha, sin que sus elementos pierdan la tensión que existe entre ellos. Esta tensión también se transmite al espectador, que queda desconcertado ante las piezas, ante la textura de un recuerdo que se resiste al olvido, que se resiste a la muerte.

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