Mariana Hartasánchez y su universo teatral

Hace dos semanas publicamos una reseña sobre Doppelgänger  de Mariana Hartasánchez y tras ver el estreno de Puño Americano decidimos hacerle una entrevista. En la misma, la dramaturga nos habla sobre sus temas de interés y sobre lo que significa el teatro para ella.

Por Luis Miguel Cervantes y Federica Porcu

Para empezar, ¿qué representa para ti el quehacer del teatro? Es decir ¿qué es hacer teatro cotidianamente, en tu vida? 

Hace unos días justamente que salió la función de Doppelgänger, le decía a mi compañera que el escenario en el momento de actuar es el mejor lugar en el que puedes estar. Es una hora y media en la que de verdad dejas de preocupart e por completo de cualquier cosa. Yo de repente me pregunto cómo la gente puede vivir sin hacer teatro. No sé si ustedes han actuado alguna vez… Bueno, para mí es una cosa de vida, creo que el teatro es una forma de sublimar toda las dudas, toda la porquería, todas las inquietudes, las necesidades ideológicas. Además, el teatro es una posibilidad de manifestar una postura política e ideológica, o sea que también es un compromiso muy grande porque cada vez que te trepas ahí tienes que saber que independientemente de que hagas algo con un contenido humorístico, como a mí me gusta también, lo que estás diciendo siempre tiene que ver con una forma de pensar. No se puede hacer un teatro neutro; yo no creo que un escritor pueda ser apolítico, mucho menos en el teatro, donde la palabra es escuchada.

Creo que, además, el hacer teatro te vuelve mucho más abierto y plural: de pronto defiendes posturas que son indefendibles. Escribo un personaje y aunque piense “si yo conociera a este idiota, lo detestaría”, tengo que hacer que se sostenga, que la gente de pronto se pueda compenetrar con él. Creo que eso lo decía Dostoievski, respecto a Los Hermanos Karamazov: “me cae mejor el personaje que piensa todo lo contrario de lo que yo pienso. ¡Estoy empezando a pensar que el que está mal soy yo!”

Entonces tú crees en un teatro más comprometido o ¿cómo definirías esa postura? Se nota que algunos de tus personajes son, digamos… femeninos.

 (risas) ¡y feministas!

¡Exacto!

Sí, claro. Yo creo que tienes escribir sobre las cosas que de verdad te importan, también tratas de hablar sobre cosas que crees que le van a importar a la gente, porque también eso es teatro: encontrar un discurso compartido.  Pero hay temas que son mis obsesiones: está, por ejemplo, la maternidad -yo soy mamá (risas) ¿se nota verdad? – y todo el asunto de lo femenino en la actualidad. La carencia del discurso femenino me parece un tema muy abierto y que no se trata lo suficiente; claro, existe un feminismo desde el principio del siglo XX y la chingada, pero no hay un discurso como tal, entonces hablo mucho de la violencia de mujeres contra mujeres. De repente hay mujeres que están en el poder y se masculinizan y oprimen a otras mujeres. Por otro lado está la explotación de la imagen de lo femenino todavía como de objeto sexual. Pero claro, algunas mujeres se sienten muy liberales y dicen “bueno, voy a coger con todo el mundo y soy muy libre”, y después no saben ni qué fregados y no creen en el amor porque el amor ya es una cosa superada y tampoco quieren ser madres…

Es un rollo muy rico porque es muy esquizofrénico. Estamos atravesados por esta clase de mitos, por la falta de discursos, por la búsqueda de nosotros mismos… No voy a hablar mucho de esto. Luego están mis amigas que se vuelven lesbianas espontáneas, o sea que tenían una larga carrera de heterosexualidad y de pronto dicen que son lesbianas. De un día a otro “¿qué crees? Soy lesbiana…”. Y les digo “ah… Pero te gustaba mucho el…” perdón, voy a decirlo muy vulgar… “el salchichón, ¿no? Entonces ¿qué pedo contigo?”  “Pues sí, pero ya me di cuenta…”.

Entonces llega a ser muy loco el mundo de la erotización mujer-mujer, casi siempre a partir de una gran decepción por los hombres. Qué poderoso puede ser el asunto de que estamos tan perdidas que incluso necesitamos convencernos de lo que deseamos. Por eso también es una obsesión mía. Todo esto lo saco de mi experiencia personal. ¿Quién está hablando sobre esto? Es todo un fenómeno social. El tránsito de una mujer a la homosexualidad es un tema poco hablado. Hablo desde lo que conozco, lo que veo, lo que me preocupa.

Hay en tus obras una fuerte presencia filosófica, por ejemplo, en Doppelgänger el existencialismo, la otredad. ¿Puedes hablar un poco de este camino filosófico en tu teatro?

 Sí, claro. La alteridad, por ejemplo, es un tema que me gusta mucho. Lévinas me gusta mucho. Todos los franceses, aunque son pedantes, me encantan (más que los alemanes). Leo muchísima filosofía. Ahora estoy leyendo a Terry Eagleton. Soy una gran lectora en general. Cuando escribí Doppelgänger estaba leyendo a Žižek. Él es muy desenfadado y empieza a plantear todos estos temas de la búsqueda, del destino. También habla mucho de las películas gringas, del héroe, del cómo la cultura gringa ha metido una serie de referentes que no pasan por la literatura, sino por el cine, las series… Me gusta mucho ir desentrañando los temas que obsesionan a los autores que leo.

En tus obras el escenario es austero; por ejemplo en Doppelgänger y El demente descabezado gran parte del escenario se configura según el diálogo, con una voz: ¿qué hay con esa voz y la austeridad del escenario que se construye con un acto de habla?

A la hora de escribir, siempre imagino lugares muy ambiciosos; pienso muy cinematográficamente, siempre tengo mucha libertad a la hora de escribir… El rollo espacial es determinante para mí. Siempre tengo muy claro dónde empezar la escena.

Para mí las preguntas a la hora de escribir una escena son ¿quiénes son los personajes?, ¿dónde están? y ¿por qué están ahí? El ‘dónde están’ es completamente trascedente. Es una parte sustancial de lo escénico.

Cuando escribo, a veces tengo en mente unos espacios gigantescos. ¿Cómo los plasmas? Pues con nada (risas)… Un ejemplo: Philippe Amand hace todo muy grande y muy caro… De pronto ¡una pinche plataforma inmensa se mueve! y tiene que aparecer un acantilado y es ¡el acantilado! ¡y un sillón sale volando! Yo creo que es mucho más grande lo que puede hacer la cabecita. Digo… Yo escribo y se mencionan espacios en los actos de habla, y el mismo espectador reconstruye estos espacios en su mente. Trabajas en la cabeza del espectador. Lo hacía Chaplin, se hace en el cine, lo hacía Shakespeare: basta con un gesto; aparece una candela y ya sabes dónde estás.

Por eso, a la hora de escribir hago cosas tan extrañas que podría pensarse que son muy difíciles de montar, y resulta que no.

Tomada de Milenio

Escena de Doppelganger

Entonces, la espectacularidad se queda completamente de lado para ti.

 Pero no la de la palabra.

 ¿Cómo configurarías el espacio imaginativo en tu teatro?, ¿cómo romper con la etiqueta espantosa del hiperrealismo?

 El  realismo es lo menos realista que existe en el mundo. La pinche realidad es tan estúpida y tan rara que en realidad sólo basta con abrir los ojotes.

De pronto hubo una plaga, que no era teatro naturalista pero que pretendía que la gente dijera “el personaje puede ser el que está sentado junto a mí justo ahora”. La realidad no es así. Con ver un poco en la calle no ves ni dos personas iguales; no puedes encontrar un contenido dramático implícito. Más bien lo que yo trato de hacer es pensar que todo lo que se ve se puede convertir en teatro. Intento pensar cómo cada persona vive su universo mental que realmente sí está volcado en nuestra vida cotidiana. Es lo más sabroso y dramático: ver la realidad desde afuera.

El buen realismo se centra en la extrañeza, pero el mal realismo es el que ve las cosas desde fuera con un toque de falsa formalidad; intenta convencer a la gente de que ésa es la realidad, cuando sabemos que no. Yo creo que es más fácil que digas o que reconozcas las cosas extrañas de la vida a que reconozcas las falsas expresiones del realismo o costumbrismo.

Por ejemplo August Strindberg en Acreedores, lo reconoces porque es muy anormal, reconoces el lugar, los personajes, la cosa burguesa de la época. Lo que les pasa en ese espacio tan real es una especie de desdoblamiento de su locura que sigue respetando las normas de etiqueta austriacas. Es muy difícil el término real: ¿qué es la pinche realidad en un mundo que está enfermo de realidad? Creo que es el momento más fértil para el teatro, hablar de eso.

¿Cuál consideras que es tu labor teatral?

El panorama teatral está un poco de la fregada. Tienes que montar tus propios textos.

Una vez un director me tachó de provinciana –yo soy de aquí, pero vivo en Querétaro– y me dijo “tú estás en esto del pequeño teatro” y le dije “mira cabrón, tú haces teatro y sabes que incides en muy poca gente”. Pero si incides en esos diez, veinte, treinta, sesenta cabrones que están aquí, si ésos en algún momento de su vida se acuerdan que vieron tu obra y algo les mueve, ésa es tu única posibilidad de trascender… Trascender… ¿Quién era el que me preguntó? Creo que fue un taxista. Me había dicho que escribía poesía y todo, y yo lo invité a mi obra. Me preguntó ¿y usted no quiere trascender? y yo ¿trascender cómo? y él “sí, pues eso, que cuando se muera… la gente hable de usted”. Y yo le dije esto que les estoy diciendo a ustedes, y él me dijo “bueno, pues entonces sí voy a ir a ver su obra”.

Siempre que escribes, tu verdadero deseo es que de pronto alguien se acuerde de lo que escribiste. Que, yendo por la calle, de pronto le pase algo y diga “claro, como en la obra de Doppelgänger”. O cuando la gente se acerca y te dice “¡A mí me pasó eso! Yo vi mi pinche Doppelgänger”. No mames, eso te hace el día. Si uno logra esto, pues ya la hizo.

Para terminar, ¿qué te llama positivamente la atención de algún dramaturgo de hoy?, ¿tal vez algún proyecto, afín o no, a tu tipo de experimentación?

Los argentinos están haciendo cosas muy bonitas. Lola Arias tiene una cosa que se llama biodrama (que no tiene nada que ver con el psicodrama). A ella le interesa algún tema en particular, por ejemplo la posdictadura y las generaciones de los que nacieron entre el ‘75 y el ‘82. Toma a muchos actores que vivieron ese período y los entrevista y les pregunta “a ver… ¿cuál es tu pinche historia?”. Así juntó a siete actores con historias increíbles. Cada actor contaba su propia historia escrita por Lola Arias. Lo que yo vi de ella se llamaba Mi vida después. Claro que cuando lo vi allá [en Argentina], la gente estaba chillando y estaba muy triste por toda la situación histórica representada. Pero luego Lola Arias llegó a México y la presentó aquí y me dijo “¿qué les pasa a ustedes los mexicanos, que se reían todo el tiempo? No me molesta… aunque los actores estaban un poco desconcertados… estamos hablando de cosas muy dolorosas”. Y yo le dije “es que somos muy apolíticos… aquí todo es ja ja ja qué chistoso… y en cambio ellos transitan la historia desde una cosa muy íntima. Yo la obra la vi allá; tal vez si hubiera estado aquí también me hubiera cagado de risa. El contexto cambia; sobre todo si se habla de un país lastimado… Éste [México] también es un país lastimado, pero no lo asume ni tantito… Todo es ja ja ja. Por eso es importante saber qué piensa alguien de otro país de tu teatro y de tus espectadores.

Ya hablé mucho de ella… Me gusta mucho Mauricio Kartun, argentino también.

Los alemanes están haciendo cosas padrísimas. Y mexicanos pues… Está David Olguín. Hay muchas cosas hoy en día que se hacen en lugares muy pequeños, en departamentos… Muchos proyectos interesantes.

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