En un lugar llamado Roma

Carla Rivera comparte una reseña donde afirma que La gran belleza no pretende una búsqueda por la belleza perdida, sino un fuerte cuestionamiento sobre nuestra actual manera de relacionarnos con el mundo, con el arte y con lo humano.

Por Carla Rivera

Gep Barrandella, un famoso periodista que como todo citadino deambula por las calles a la manera de voyeur es el personaje a través del cual se plantean las cuestiones sobre la actual vida cotidiana y cultural de la capital.

El ambiente citadino es representado magistralmente por Sorrentino: decadente aunque innegablemente atractivo, se muestra la Roma de la diversión, de la moda italiana, de las personas hermosas, de la deliciosa comida, del calor durante el verano, de la fiesta al aire libre, del melodioso idioma.  Esa Roma hedonista, desbocada por la felicidad inmediata e inmediatamente frívola, simultáneamente genera un contraste con la Roma que conocemos en los libros de historia ―con R mayúscula―: la Roma del imperio, de la religión católica, de los grandes artistas, de los museos y de la arquitectura.

El título es una atinada ironía. La gran belleza remite inevitablemente a la pregunta por la belleza. La gran belleza del arte clásico que culmina en el romanticismo alemán que a su vez parte del idealismo de Kant en donde se desarrolla el ideal de belleza como un reconocimiento inmediato del sentimiento de placer frente a una experiencia.

En la película, estamos más allá del momento de ruptura con el idealismo alemán, más allá de las vanguardias e incluso más allá de la pregunta por el sentido de la vida. Sorrentino busca conjugar en el recorrido por Roma la pregunta por la transformación y concepción del arte en la actualidad: desde el arte clásico visto desde la industria del turismo y la cultura, hasta el arte contemporáneo conceptual en donde el discurso es capaz de justificar cualquier aberración.

Para muchos idealistas pseudorómanticos esta película mostraría el mal consecuente de la pérdida de la belleza. Sin embargo, llegamos a un siglo en donde la belleza ya no se puede plantear como ideal absoluto, ni siquiera la Obra de Arte importa. Lo que Sorrentino pretende, es mostrarnos la pérdida absoluta de sensibilidad ante el mundo y la incapacidad de relación tanto con el arte como con lo humano. Por un lado pérdida, por otro incapacidad que solo puede reconocerse desde la actualidad y en donde se podría reconocer una nueva experiencia sensible, no en el sentido ideal, sino como fragmentación.

Sorrentino, no pretende un contraste pesimista o melancólico frente a la búsqueda de belleza sino una nueva forma de representar la monstruosa cultura frente a las posibilidades del arte contemporáneo. Sorrentino apuesta por una nueva sensibilidad y resistencia frente al mundo. La falta de experiencia con lo verdaderamente humano, se muestra en la propia carencia y en el recuerdo del personaje de Barandella, sumergido en su propio pasado pesado frente a la inevitable levedad de la cultura en donde siempre hay un letrero neón al fondo o una melodía pop en el aire.

sorrentino

El ritmo de la película varía según la Roma que se nos muestra a los ojos de Barrandella y otros citadinos en busca de sensaciones intensas en donde de alguna manera lo decadente y  superficial forma parte de nosotros espectadores. Los personajes de Sorrentino son huellas de lo que queda y de lo que falta en una sociedad en donde la belleza, en efecto, se ha trasformado en vanidad y el cuerpo, en mercancía.

La reflexión de esta película es a su vez la respuesta ante la pregunta, ¿qué queda de la experiencia con el Arte?, ¿qué es eso que hay en la vida y en la experiencia, que nos devuelve al mundo de los encuentros auténticos?

La película muestra como a partir del poder del recuerdo es posible valorar sin convertir en valor, porque una cosa es lo que mostramos como sociedad y otra es lo que vivimos como individuos inmersos en una sociedad que ha olvidado la manera de representarse. Necesariamente hay que ver el arte dentro de su contexto pero intentar remontarnos al contexto es también un poco dar cuenta del nuestro y de las cosas que se producen en la actualidad. Recordar no es recuperar sino replantear.

Porque cuando las experiencias son íntimas entonces no hay museo, ni guía, ni recorrido, sino encuentro verdadero. La gran belleza es una película en donde todo el tiempo se juega con lo estimulante frente a lo imperceptible a lo que incomoda que es finalmente lo que nos afecta.

La escena de la película en donde un pequeño orificio en una puerta enmarca una vista increíble muestra cómo  a través de un espacio mínimo encontramos un marco inesperado a través del cual se muestra toda la grandeza perdida y recuperada que de alguna forma es Roma. Un marco en donde es posible devolver a la vida la sensibilidad más allá de la sensación y lo intelectual. Para dejarse sorprender es necesario mirar ahí donde parece que no va a haber nada. No se trata de forzar la mirada ni de devaluar el sentido de lo maravilloso y limitarlo a una región, sino dejar que suceda.

Replanteo que la pregunta que se esboza en La gran belleza no es―qué ha pasado con la belleza, sino qué ha pasado con la vida que hemos perdido la capacidad de enfrentarnos los unos con los otros en nuestra imperfección.

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