CRÓNICA: Los radialistas de Bachajón

La historia de cómo las comunidades de Chiapas buscan acercarse a través de la radio comunitaria.

Por Gio Franzoni

Caminamos durante un rato en las afueras de San Cristóbal, nuestra intención era encontrar algún colectivo que nos llevará a la Misión, los radialistas ya estaban esperándonos y el camino, según decían, era largo.

Pero no hubo combi que anunciara nuestro destino en el parabrisas. Por suerte encontramos a Furioso, un taxista que se acercó a ofrecernos el pasaje por cien pesos. Nos subimos sin pedir más referencias y viajamos por casi tres horas sobre una carretera bastante curveada.

Nunca supe si subíamos o bajábamos. Chiapas  es bastante truculento,  no importa que tan cerca o lejos te encuentres de las montañas, el cielo siempre parece cercano.

Mi única referencia  de que nos acercabamos a Bachajón fue el cambio de clima. Una de las características del sur  de México es que basta con moverse unos kilómetros para pasar de viento constante y frío, a temperaturas cálidas en donde no se puede ubicar hacia dónde corre el aire.

Llegamos a la Misión Jesuita a la una de la tarde. No fue necesario que tocáramos la puerta de metal color ladrillo. En cuanto Furioso dio el último enfrenón para dejar en claro el porqué de su apodo, dos jóvenes salieron a recibirnos. Estaba mareada. Nos ayudaron a bajar nuestras cosas, se presentaron y nos llevaron directamente a la cocina. Era la hora de la comida.

Comimos pollo, arroz y frijoles. La gente que estaba en las bancas continuas en el comedero se acercaba a darnos a la bienvenida. Mauricio, uno de los líderes del proyecto de radio comunitaria, nos explicó sus planes para lanzarla al aire en diciembre.

El proyecto que lleva desarrollándose dos años, gracias al apoyo de la Ibero,  surgió por la necesidad de hablar sobre los problemas que se viven en las comunidades indígenas de la zona. En este sentido, la universidad ha donado equipos de trabajo para las cabinas de radio, materiales para la construcción, así como seguimiento por parte de los propios alumnos.

La forma en cómo habían estado trabajando era por medio de talleres intensivos que se realizaban cada dos meses en los que se abordaban temas de  técnicas de locución, grabación, creación de guiones y medición de audiencia. Nuestra contribución al proyecto era presentar resultados de algunas encuestas realizadas dentro de las comunidades tzeltales y apoyar con un taller de grabación.

Jeremías, otro de los encargados del proyecto, nos comentó que este sería  el último taller que tendrían los jóvenes que se están preparando para ser radialistas. Después de ese fin de semana, se empezarán a grabar los programas que se transmitirán en la primera radio  en lengua tzeltal.

El caracol sonó a las 3 de la tarde.

Era hora de retomar el taller. Entramos a un salón con bancas de madera color azul cielo. El clima era templado. Jere  comenzó a explicar en tzeltal las próximas actividades. Amelia,  una participante del taller,  nos hizo favor de traducirnos las instrucciones. Comenzamos a trabajar en la primera parrilla radiofónica.

Después de discutir durante algunas horas sobre lo importante que es pasar programas de interés para su gente, hubo un descanso. El padre encargado de la Misión y los estudiantes nos llevaron a conocer las instalaciones en donde se pondrá la radio.

El espacio está casi terminado, el cemento aún huele a fresco y las paredes siguen húmedas.  Mientras recorríamos las habitaciones,  nos contaban sobre cómo se montó la antena. Hector comentó: “Le falta el piso, las puertas y las ventanas… pero son detallitos, ya está casi todo listo. Estamos muy emocionados porque ya vamos a contar con un espacio para empezar con la radio, la gente en nuestras comunidades está muy emocionada por el proyecto”.

Al igual que Héctor, los demás jóvenes que están involucrados tienen muchas ganas de que la radio salga al aire. Ellos saben que este proyecto los ayudará a mantenerse más unidos a pesar de las distancias largas entre  una y otra comunidad.

Mientras tomaba unas fotos de lo que será la cabina de radio. Alguien propuso tomarnos una fotografía. Subimos al techo y nos colocamos cerca de la antena. Sonreímos. Durante esos segundos en los que se cierra y abre el obturador,  tuve la oportunidad de sentir aquel entusiasmo del que tanto me hablaban. Todos esos jóvenes que se encontraban conmigo en las alturas recorren montones de kilómetros cada que es necesario para luego regresar a casa con el corazón satisfecho de estar haciendo algo bueno para sus comunidades.

Volvió a sonar el caracol.

Regresamos al salón a trabajar con las ediciones de audio. La luna era grande. Las nubes se fueron borrando. Formamos diferentes grupos de trabajo. Mientras cortábamos y pegábamos audio en su lengua madre, nos enseñaron a pronunciar algunas palabras. Rieron de mi incapacidad de pronunciar bien la “H”, que para ellos se pronuncia como “J”. Se dieron por vencidos con las lecciones de tzeltal y el uso correcto de las comillas. Soy una terrible alumna.

Antes de llegar al comedor nos encontramos un sapo. Cenamos a las ocho de la noche para dormir temprano, pues sabíamos que a las 7 de la mañana retomábamos la clase. La gente en la Misión despierta temprano, desde las 5 de la mañana los gallos cantan y ya hay uno que otro buscando agua para lavarse la cara.

Era nuestro turno de mostrar nuestro trabajo. Mauricio salió del salón puso el caracol en posición y sopló para llamar a los faltantes. A pesar de estar nerviosa, logramos sacar todo adelante, hubo muchas preguntas, todos los rostros sentados tras las bancas azuladas querían comprender todo sobre el tema.

Después de que presentamos los resultados y dimos algunas sugerencias para los próximos cuestionarios que se seguirán aplicando, nos sentamos a platicar sobre la importancia del proyecto. Armamos un reglamento.

El sol había salido por completo de la parte trasera de las montañas. Nuestra hora de ir había llegado. Nos despedimos, dimos las gracias y salimos por la puerta de metal color ladrillo. El corazón se  me encogió. Prometimos regresar pronto.

Hocolahualtic, gritó Hector. “Jocolagualtik” contestamos nosotros. Subimos al taxi. Regresamos por la misma carretera curvada. No hubo mareos, pero sí mucha nostalgia y esperanza.

Gio.

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