En el bosque de Katie Kitamura

Por Federica Porcu

El padre de Tom había estado entre los primeros colonos blancos. Habían pasado cuarenta años desde que el viejo llegara al país y reclamara su pedazo de tierra. Cuarenta mil hectáreas de valle a lo largo de una columna vertebral de dieciséis kilómetros. La tierra no tenía dueño, y pasó a ser suya. Una estaca clavada en el suelo. El viejo la ocupó y la llenó de manos nativas. El dinero y la buena suerte llegaron poco después.

Katie Kitamura (California, 1979) trabaja en Gone to the forest (2013) con una idea tanto interesante como escalofriante, que es la del hombre visto como colonizador de la tierra y la de la tierra que se extiende al hombre mismo.

“El viejo”, hombre violento, frío, es de los primeros colonos blancos de una tierra fértil, tierra ficticia, que podría ser cualquier tierra. Tom es su hijo y, para él, el país natal del padre es un “antiguo país”, casi como un Viejo Mundo que desconoce y quedó en el olvido. En cambio, conoce como la palma de su mano el enorme pedazo de tierra que adquirió su padre en la colonización. Es su mundo sin que lo haya elegido. Nunca ha salido de ese recinto imaginario, y tampoco se cuestiona lo que podría ocurrir afuera. Lo que escucha acerca de una posible rebelión de los “indígenas” es incomprensible para sus oídos.

La vida pasa con cierta indiferencia en la propiedad del viejo. La llegada de una mujer, Carine, sin embargo empieza a revolver la situación, pues desde que se involucra con padre e hijo las cosas empiezan a ir de manera distinta: todo empieza a sucederse rápidamente revelando la violencia que vive detrás del acto de colonizar. Mientras que el viejo decide juntar a Tom y Carine, él mismo la toma como amante, dando inicio a un extraño triángulo en el que cuerpo y tierra empiezan a confundirse.

La mujer, en Gone to the forest, se vuelve así puro cuerpo, se vuelve igual que la tierra: en potencia continua de ser colonizada, de ser tomada por el que pueda. Este fragmento en el que Carine (o más bien su cuerpo) es violada por unos invitados del viejo, recuerda la“estaca clavada en el suelo”:

Foto de Hari Kunzru

Foto de Hari Kunzru

No hubo sonidos de pasos. No hubo portazos. No hubo ira. Nada se detuvo. Siguió adelante. Lo que un cuerpo puede soportar es siempre más de lo que un cuerpo puede soportar hasta que no soporta más; hasta que dice basta. El cuerpo de la chica sobrepasó ese punto y ella ni se enteró. (…) Se había olvidado de su torso; se lo había dejado atrás. Con la manada de lobos pisándole los talones. Soltándole dentelladas y después mordiendo, y después comiendo y, después, ella ya había desaparecido.

La misma violencia se repite a lo largo de toda la narración de Kitamura, con oraciones cortas y cortantes en las que todo acto humano se vuelve feroz.

Sin embargo, incluso la tierra se rebela después de tanto abuso. Incluso las colonias y las bellas pertenencias empiezan a desmoronarse después de tantos años de dominio.

La novela de K. Kitamura es un perder y perderse continuo: en el bosque nos perdemos; perdemos a los demás y a nosotros mismos. La perdición de los personajes de Gone to the forest es definitiva… Lenta y tajante, sin regreso.

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