Deporte y terror: Cuando el ritual se convierte en agonía.

“Los eventos deportivos no son como proyecciones de películas o clases en escuelas; son pasillos mediáticos que pueden garantizar una potenciación del dolor físico, psicológico y social, cuando suceden”- S.L. Price. Sports Illustrated.

El deporte-espectáculo, denominación otorgada a partir de la segunda mitad del siglo XX, contiene elementos esenciales que hacen de esta actividad un ritual simbólico que va más allá del simple entretenimiento.

Dentro de estos elementos se encuentra el “agón”, término griego que significa confrontación, desafío; esa pelea a muerte de donde emana el término agonía. Sin embargo, ¿qué sucede cuando una confrontación trasciende el plano del deporte ritual, de la parafernalia que rodea la representación de una batalla y ésta se sitúa en una realidad mucho más grande?

Nuestra realidad “global” de las últimas semanas nos sitúa en el conflicto de Medio Oriente. La ventana del mundo mediático se ha abierto para observar cómo un grupo islámico reaccionario llamado: “ISIS” toma nuevas dimensiones en el terrorismo y siembra la semilla del miedo en las redes sociales. Una prueba más de que el impacto mediático ya no se limita a los medios tradicionales.

Bajo la mirada de quien se dedica a analizar el deporte y lo que produce, mi forma de aterrizar el conflicto es una inevitable reflexión sobre los momentos en los que el terrorismo y la actividad deportiva se han cruzado. Procesos civilizatorios con canales opuestos: vida y muerte.

Los Juegos Olímpicos son, junto a la Copa Mundial de la FIFA, los eventos deportivos más importantes del planeta, escenario perfecto para un atentado. La postal de Múnich 1972 fue manchada en los libros de historia con la tragedia de once atletas israelíes asesinados por un comando palestino o la bomba de Centennial Olympic Park en Atlanta, donde las personas asesinadas no fueron competidores, sino espectadores. En cualquiera de los casos, la realidad cubrió por completo al ritual donde la muerte es representada por la ausencia de una presea y otorga la posibilidad de redención en la siguiente competencia.

En 2008, una bomba atribuida a la guerrilla tamil, estalló en la VIII edición del Maratón de Colombo en Sri Lanka dejando un saldo de trece fallecidos y noventa heridos; y qué decir del viaje a la memoria más reciente que nos sitúa en la maratón de Boston, en 2013. La carrera más laureada en los Estados Unidos cambió el foco de su atención de la meta cuando el cronómetro de carrera marcó: “4:09:43″ y en medio del estallido de dos bombas, tres personas perdieron la vida y casi doscientas terminaron con algún tipo de lesión.

Al llegar a este punto quiero poner especial énfasis en los maratones, pues si bien no son eventos de relevancia mundial por la casi cotidianeidad con que se realizan, salvo algunos casos cómo Boston o Nueva York, la maratón es un evento de características muy especiales, pues es de las pocas competencias donde no hace falta acudir a un estadio, sino la propia ciudad es el recinto de la prueba; la maratón es un punto de conexión entre el amateurismo y el profesionalismo de manera que es algo más real, algo más al alcance de los mortales, lejos de los atletas que viven en los pedestales de la memoria colectiva, sobre todo en Occidente.

Lo anterior lo digo a fin de hacer más visible mi idea del por qué son estas pruebas los blancos ideales para un ataque terrorista. Primero, la empatía que se genera al ser un evento donde el hombre común puede ser partícipe; luego el que se realiza en un sitio donde el ser humano en sí es el estandarte en que se apoya, lejos queda de un equipo o institución con ideologías determinadas. Es un evento donde el marco de las ciudades más cosmopolitas del mundo se visten de gala haciendo de un marco esplendoroso, el sitio de una tragedia. La perfecta simbiosis entre el ritual deportivo y la realidad.

Tanto la violencia como el deporte han existido desde que el hombre puede ser llamado como tal, han cambiado su perspectiva, su forma de consumo y tenemos que al día de hoy, un teléfono puede ser suficiente para satisfacer la necesidad de inmediatez que ha provocado el fenómeno internet. El tiempo de reacción se ha acortado y ya sea una hazaña en una cancha o imágenes grotescas, como las que han circulado los medios sociales en los últimos días, son parte esencial de un mundo donde los conflictos parecen lejanos, incluso estando a un link de distancia.

Por  Omar R. García Cosío, alumno de Laboratorio de Comunicación Periodística, Regina Santiago.

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