Entrevista: John Gibler, autor de Tzompaxtle. La fuga de un guerrillero

John Gibler es un periodista estadounidense que vive en México desde 2006. El jueves 13 de noviembre presentó su  libro Tzompaxtle. La fuga de un guerrillero en la Universidad Iberoamericana donde narra los excesos militares que sufrió Andrés Tzompaxtle.

Por:Eduardo Cirino.

John Gibler no tiene educación formal en periodismo (vocación que descubrió a los 30 años) después de haber sido “músico y poeta de closet”. A lo largo de su carrera, Gibler ha escrito tres libros y colaborado en otros dos volúmenes.

El autor estuvo en la Universidad Iberoamericana para presentar su más reciente trabajo: Tzompaxtle. La fuga de un guerrillero,  que cuenta a partir de entrevistas la historia de Andrés Tzompaxtle,  un hombre apresado durante cuatro meses y torturado por fuerzas militares mexicanas.

Durante su intervención habló de las bases sociales de una guerrilla, la criminalización del activismo social y las acciones a tomar incluido lo que llamó “renunciar al lujo de olvidar”, en referencia a la gente que “vive en la comodidad de dejar de pensar en Ayotzinapa o en cualquier otro conflicto después de un tiempo”.

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Aquí un fragmento del libro.

Al finalizar su conferencia, tuvimos oportunidad de hablar con él:

Cuando buscas esta historia, ¿lo haces por el lado personal o por el lado social de la historia de vida de Tzompaxtle?

Vienen juntos, para mí no se separan. El Estado se dedica a destrozar cualquier contexto o raíz social de la experiencia de lucha armada, desde Pancho Villa, que era un “bandido” o todo el discurso de Villa o Zapata siendo criminales. Ve la novela de Carlos Montemayor sobre Lucio Cabañas, cómo los generales son entrevistados y se niegan a reconocer la palabra guerrilleros: “no tenemos guerrilleros en México, esos son unos bandidos”.

Ése es siempre el discurso del Estado. Montemayor lo retrató muy bien en La guerrilla recurrente, donde él hace este argumento de que el Estado siempre ve un movimiento armado y lo interpreta como una amenaza militar que requiere una respuesta militar, que es la aniquilación. Como nunca ven la base social, sobre todo una violencia social previa, siempre están condenados a repetir las mismas dinámicas: llegan con la represión hasta que creen que aniquilaron el movimiento, salen dejando la comunidad abandonada con la memoria viva de la represión: tienen hijos y padres desaparecidos. En el caso de Tzompaxtle, un propósito del trabajo fue tomar en serio su decisión política: preguntarle por qué y escucharlo, justo eso que el Estado y los medios no hacen. Algunos reporteros me preguntan “¿por qué hacer una apología a la guerrilla?”. No, ese no es el propósito del trabajo, sólo es tomarlo en serio.

El libro habla mucho sobre el abuso y la tortura, ¿crees que tu trabajo pinta la tortura de una forma en que no se ha hecho antes?

Yo he aprendido mucho de trabajos previos: ensayos e investigaciones. El trabajo de Elaine Scarry me impactó mucho, también el de Edward Peters, que tiene un trabajo sobre la historia de la tortura; he sido influenciado por muchos trabajos. Yo creo que el esfuerzo de escuchar profundamente a la persona que lo sobrevivió te lleva a reflexiones.

Cuando esta persona que lo vivió en su cuerpo me dice que no te imaginas el dolor de las preguntas, eso me hace reflexionar sobre lo que escribió Scarry acerca de que la tortura destruye el lenguaje y luego intenta rehacerlo. Entonces si hay algo nuevo en mi trabajo es un mínimo aporte sobre la relación entre el dolor, el lenguaje y la pregunta. También la decisión de Tzompaxtle que no sólo sufre, sino que toma la decisión de combatir, aún dentro del espacio de la tortura y la destrucción del lenguaje, decide tomarlo como terreno de lucha y combate.

Durante la conferencia mencionaste que escuchar puede ser una actividad política, ¿cómo se puede combatir la violencia con la escucha?

Cuando tú escuchas, por un momento pones en suspensión lo que sabes, lo que crees y lo que crees que sabes. Escuchar no es sólo quedarte callado: es considerar, reflexionar, tomar en serio y reconocer la humanidad, la validez de experiencia y la dignidad de quien habla. Escuchar es un acto de humildad: yo pensé que sabía y creía, pero escuchándote ahora dudo y aprendí. Estoy reconstruyendo mis conocimientos a través de la escucha.

Entonces, ¿cómo combates la violencia? Justamente uno de los grandes aportes del trabajo de Michael Foucault sobre el concepto del discurso es que él habla de cómo hechos del lenguaje mantienen y avanzan sistemas muy reales y físicos de dolor y violencia. El estado constantemente está produciendo discursos que tienen impactos sobre cuerpos humanos. Por ejemplo el caso de Ayotzinapa, hay una campaña de deslegitimización y criminalización de los criminales: “no son estudiantes, son vándalos y delincuentes que roban camiones”; esto existe para crear un terreno de desprecio que tiene que ver con cómo puede un jefe de policía o un alcalde ordenar un ataque en plena calle y desaparecerlos.

En el caso de Tzompaxtle, el discurso previo de que la guerrilla es “terrorismo y violencia criminal”. Todo esto provoca que cuando él escapa, regresa a la organización y saca su denuncia en 1997, ¡no pasa nada! Es uno de los argumentos de libro: han habido tantas historias y tantos momentos para escuchar que no fueron tomados en serio, no tocaron corazones y no provocaron reflexiones o debates. Fueron ignorados y este proceso de ignorar refuerza el clima de impunidad y violencia. La escucha rompe todo esto. Llegar sin prejuicios y preguntarse por qué pasan las cosas. La respuesta en el libro no es mía, es de él.

Hablando de escuchar, entender y ponerse en el lugar del otro: una vez que uno de tus lectores entiende tu libro, ¿tú crees que debería haber una acción?

Ojalá.

¿Cuál te gustaría que fuera esa acción?

No sé. Porque no sé quién es. Tu acción no va a ser la misma que la de un estudiante de Ayotzinapa. Eso no quiere decir que uno es más legítimo que otro: quiero que sienta y actúe desde sus entrañas y sus experiencias de vida, pero quiero evitar una idea preconcebida de cuál es el camino. Todos debemos ser anarquistas. Todos debemos ser guerrilleros. Todos debemos ser poetas intelectuales. ¡No! Es reconocer que yo no sé y que debe venir de ti: lo que quiero, lo que espero, mi arrogancia y mi deseo es provocar que tú mismo te plantees esa pregunta y tener que responderte a ti mismo.

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