Ciudad de México: sueño de migrantes

Hay para quienes dejar a la familia y el hogar no es una opción.

Por Alejandro Moreno Peniche

A los 18 años, Elvia Ramírez Cruz, migró a la Ciudad de México. Ya han pasado tres años desde que se fue de su pueblo, El Venado, Hidalgo. Lo que más extraña es su familia, pero no puede ir a visitarla más que dos veces al año porque son 10 horas de viaje de la ciudad al municipio de Tlahuiltepa, ubicado en la Sierra Alta del estado. Cabe mencionar que la carretera federal sólo llega hasta la mitad del trayecto, por lo que 6 horas de camino son de terracería. “A los demás pueblitos no llega camino, sólo  una vereda por la que puedes entrar caminando” cuenta Elvia.

Al terminar la preparatoria, Elvia aplicó el examen de ingreso para la carrera de medicina en la Universidad Autónoma de Hidalgo, para la cual, no alcanzó el puntaje necesario. Con ello, empezó a dar clases de primaria pero no le pagaron por el servicio que ofreció. “Pues aquí no voy a prosperar en nada -decía Elvia- entonces si no salgo de aquí, ¿qué voy hacer? Entonces me voy a la ciudad, trabajo y después me meto a una escuela o algo, porque siempre mi sueño, lo que siempre he anhelado es estudiar.”

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Ella trabajó en el Distrito Federal (D.F.) durante año y medio como muchacha (empleada de servicio doméstico). “Cuando llegué por primera vez a una casa a trabajar, mis hermanas me dejaron ahí sola y dije: es un lugar extraño, son personas extrañas que no conozco y ni modos hay que aprender las cosas.” Ahora Elvia cursa el tercer semestre en la Escuela de Enfermería de la Secretaría de Salud del D.F. En su primer año de estudios se mantuvo con el dinero que había ahorrado de lo que trabajó anteriormente. Hoy labora con sus hermanas los fines de semana haciendo limpieza en una casa ubicada en la Delegación Coyoacán. Con eso le alcanza para el transporte y las colegiaturas. Vive en Tlanepantla en casa de su madrina, quien le apoya con las comidas.

La migración interna se debe a condiciones estructurales. En México la falta de oportunidades y la marginalidad en las comunidades rurales obliga a gran parte de la población moverse a ciudades cercanas. Es por eso que generalmente no se migra por gusto, “siempre hay una condición de la que quieres salir y no ves más opción que dejar el lugar donde estás”. Eso me dice Guillermo Alfaro Telpalo, antropólogo y académico de la Universidad Iberoamericana.

Verónica Hernández Marín, mujer de 29 años, vino a trabajar a la Ciudad de México desde los 16. “Estudié hasta quinto de primaria por falta de dinero y luego mis papás se iban a trabajar y pues como yo era la más grande me tenía que quedar en la casa a cuidar a mis hermanos. En mi escuela me pedían uniforme, zapatos y mochila.”

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Vero, madre de Eliud trabaja en la Ciudad de México haciendo servicio de limpieza.

En el noreste del estado de Oaxaca, en una comunidad mazateca llamada Buena Vista, en el municipio de Santa María Tecomavaca, la familia de Verónica trabaja el campo en época de lluvia y vende la cosecha en la ciudad de Tehuacán. Pero fue un verano en que hubo sequía, que ella tuvo que irse a trabajar a la ciudad para poder mandar dinero a sus padres. Primero trabajó en Nezahualcóyotl en casa de unos maestros de su pueblo, después trabajó en Tecamachalco, luego en Las Águilas y finalmente en Coyoacán, siempre como empleada doméstica.

* El coeficiente de Indice de Desarrolo Humano del DF es de .8830,

por encima del .7937, promediado por la república.

* Su mejor indicador corresponde al ingreso con .9018

*En educación su puntaje es de .8997

*En salud promedia el más reducido con .8476

La añoranza del retorno: “un día quiero ver a mi familia o regresar a mi casa”. El rompimiento familiar es un hecho para quienes migran. Elvia expresa: “Lo que más extraño es a mi familia, el calor del hogar, estar con mis seres queridos. Ahorita ya llevo casi medio año sin verlos y cuando voy a verlos ahora sí que a disfrutarlos. Sí extraño el campo, mi familia más que nada.”

Hay mujeres que dejan a sus hijos en su pueblo y son los abuelos quienes los crían. Pasan incluso hasta seis meses sin verlos porque hacen todo el esfuerzo para ahorrar la mayor cantidad de dinero. “En realidad implica un sacrificio para los que salen. Entonces el caso de los migrantes internacionales es mucho más dramático” comenta Guillermo.

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El rompimiento es brutal en términos de la estabilidad emocional de cualquier ser humano.

A los 26 años, Verónica tuvo un hijo, al cual nombró Eliud Nai. Lo ha criado ella sola por el abandono del padre. Después de tener a su hijo, dejó de trabajar. Una vez que Eliud cumplió el primer año, volvió a la Ciudad de México. “Cuando tuve a mi hijo no me importaba si estaba aquí o allá, lo importante es que estuviera conmigo, siempre conmigo pues… el día de mañana no me vaya a decir que, ¿por qué lo abandoné?, no me va a querer como su mamá.”

El choque cultural, de acuerdo al Dr. Javier Urbano Reyes, coordinador del Programa de Asuntos Migratorios (PRAMI) de la Universidad Iberoamericana, “se refiere a un vínculo tenso entre dos culturas porque no existe un diálogo fluido”. La intensidad del fenómeno depende de la relación que existe entre los individuos, si hay aceptación o no entre los mismos.

Eliud ha cumplido tres años, va al Kínder y ha crecido en la Ciudad de México. A veces dice cosas que su mamá no entiende y cuando regresa con su madre a Buena Vista no le gusta lo que comen ahí, tampoco habla o entiende el idioma mazateco. Eso hace sentir mal a Verónica, aún así, prefiere que su hijo crezca y estudie en la ciudad porque “allá los niños son muy cerrados, si les preguntas algo no saben, ni leer. Tengo sobrinos que ya están hasta la secundaria y no saben ni multiplicar, ni dividir, nada” aclara Vero.

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Eliud en la esquina inferior izquierda vestido de verde.

En México en el kinder se disfraza con los  demás niños en Día de muertos.

Ella no prefiere ni la ciudad ni el campo. Dice: “Me gustan los dos porque siento que me quieren aquí y allá, por eso no hay choque. Pues hay que probar de todo.”

De acuerdo con lo que comenta Guillermo Telpalo, la pérdida o conservación de identidad depende de la experiencia inicial. La gente que se siente aceptada sólo aprende a relacionarse pero conserva sus costumbres. En cambio, si la circunstancia es el rechazo, lo más probable es que la persona se tenga que adaptar dejando su vestimenta, puliendo su castellano, eliminando su acento y tratando de urbanizarse lo antes posible. “Porque se dan cuenta que  mimetizarse con el nuevo contexto es lo que les va a dar el éxito” señala Guillermo.

Es posible que los jóvenes no sean bien vistos cuando vuelven a su comunidad por las nuevas prácticas y modos que han adoptado. “Se encuentran en un limbo, ya no pertenecen a ningún lado en forma plena. ¿Ahora a donde pertenezco?” enfatiza Javier Urbano. Esto puede causar traumas psicológicos y problemas como deserción escolar, delincuencia, violencia intrafamiliar, entre otros.

En México existe una supremacía realmente marcada de la ciudad sobre el campo. De ahí la frase: “Lo bajaron del cerro a tamborazos”.

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