La pantalla verde de Emilio Gordillo

Por: Ana María Belaunzaran – @belaunzarana

Chileno de 34 años, editor de narrativa en Alquimia y reciente autor de Croma, fanático de los huevos a la mexicana y del rock en inglés. Un escritor que espera formado a que las librerías del país le hagan un espacio entre los libros autobiográficos de políticos con aires de literatos y actrices desempleadas, entre “robertossampueros” y libros de autoayuda.

Emilio Gordillo es la suma de las características de la joven generación latinoamericana: cansado de sus gobiernos y ávido de justicia social, que se ayuda de cualquier herramienta para expresarlo.

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emilio-gordillo“El Emilio”, como lo llama la mayoría de sus amigos, nació en Santiago de Chile, tierra que lo vio jugar con su triciclo cuando era apenas un niño, cuando “sólo bastaba un cerro de arena para jugar y pasarlo bien”. País que conoció de norte a sur, vacacionando en la Serena, acampando en la región de Los Lagos y pasando el Año Nuevo en Valparaíso.

El mismo que le sacó unos buenos sustos cuando agitaba su suelo, haciendo temblar a los edificios y a los que vivían en ellos. Y el mismo Santiago que aparecería años más tarde como protagonista principal de su novela, Croma.

“Para mí, Croma es un artefacto obsesivo e higiénico, como su objeto: la ciudad de Santiago”, comentaba tiempo después.

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Emilio no voltea a la cámara. Sus manos se aferran a la torta de jamón que su boca arrebata de un mordisco, mientras parece sonreír entre los pedazos de bolillo y jamón. Además, otro personaje cabe en la fotografía: Leon Trotsky, serigrafiado en su “polera”.

Emilio se queja y despotrica contra las injustiticas sociales a través de las redes. Nacido en una época y en un país en donde las desapariciones forzadas, los presos políticos y la censura mediática eran el pan de todos los días, no aguanta quedarse callado. Lo grita. Denuncia a la burocracia chilena y se queja de la literatura basura, de los pocos incentivos a editoriales y autores independientes.

“… los congresos chilenos, esos donde casi siempre es más importante dominar aparatajes discursivos, jergas con espíritu de valla papal, y donde no es nada raro que una lectura aguda sin exceso de contrafuertes teóricos suela ser vista con gestos de desdén”.

Desde México, después de múltiples negativas de editoriales chilenas para facilitar la promoción de la literatura nacional, exclama:

“invito a la forzada resistencia a boicotear. Imagínenselo. Que lleven sus ‘robertossampueros’, sus ‘pilaressordos’, sus géneros de autoayuda. No habría modo más sincero de representar a la cultura chilena actual. Sería un acto de sinceridad precioso bastante a tono, por cierto, con los colores de la FIL. Al FIL y al cabo, Chile es un país que limita al norte, sur, este y oseste con Jaime Guzmán (miembro del gobierno militar de Pinochet que ayudó en la redacción de la Constitución de 1980)”.

Como todos los chilenos, Emilio habla con tonalidades que ascienden y descienden en su habla. Dice “caminaí”, “vivís” y “comís” y trunca la última letra de algunas palabras. Pronuncia la “tr” como “postalveolar retreofleja áfona”, como señalan algunos lingüistas, que se escucha como un “tsch”, vestigio que guardan los habitantes de Chile, de su herencia prehispánica mapudungún (lengua mapuche).

Emilio sabe que el contenido y la forma son inseparables a la hora de hablar. Juana Puga (lingüista, autora de Cómo hablamos cuando hablamos: La atenuación en el castellano de Chile), asegura que el español que hablan los chilenos “refleja una actitud de los hablantes (…) indirectos, oblicuos, propensos a hablar en chiquito y con evasivas”.

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Desde su adolescencia, los libros empezaron a ser su entretenimiento, su refugio y el lugar de sus fantasías condensadas.

“La casa son los libros, daniello. duermo dentro de ese azul. el verdecito es el baño”, decía Emilio en respuesta a su amigo, quien reclamaba: “Muestra tu casa po’ weon Gordillo, deja de sacarte fotos de Pokémon”.

Tal vez fue en esa etapa el momento en el que desarrolló su afición por las letras, su gusto por Pauls, Borges y la poesía de Szymborska, y lo que, años más tarde, lo llevó a estudiar literatura en la Universidad de Chile. Fueron también esos años en los que salía a tomar un helado con sus amigos, mientras recorrían el parque forestal en el corazón de Santiago y bebía pisco los fines de semana. En la Universidad fue alumno de Nicanor Parra y de Cynthia Rimsky, quien sigue estando presente en su vida y a quien da muestra de su cariño al referirse a ella como “profe, querida”.

Emilio viajó a México en 2011 para estudiar una maestría en literatura en la UNAM. Aquí conoció a Mario Bellatín y a Yuri Herrera. Desde que llegó, su espíritu curioso lo llevó a conocer Chiapas, Michoacán, Morelos y otras regiones. Se dejó fascinar por la cultura nacional, el culto a la Santa Muerte, las manifestaciones populares y el amplio repertorio de tradiciones mexicanas. Su paladar dejó de extrañar el “ají” y las empanadas de pino cuando conoció el chile y los tacos. Se interesó por la problemática social y por Ayotzinapa. Aunque su corazón sigue siendo chileno, Emilio se enamoró de México.

Hablando sobre su nuevo libro, Indios verdes, comenta: “tiene que ver sobre mi vida en México y algunas claves que aprendí, cuando era más joven e ingenuo, y seguía con más atención las huellas de Bolaño, que ya ningún hipster quiere nombrar. Iré al D.F. en mayo, porque estoy enamorado de esa ciudad y la extraño”.

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croma-frontal-EmilioGordilloEsta vez, Emilio voltea a la cámara mientras bebe mate. De su mirada se escapa una expresión diferente a la del resto de las fotografías. Tal vez, un aire de nostalgia que probablemente sienta cuando piensa en su madre, Gladys Mafalda Lizana Salvatierra (aunque no se sabe si es su verdadero nombre porque como ella dice, “es muy bromista”), en su hermano menor y en la tierra de Neruda, que también es la suya. Su cuerpo está presente pero sus ojos revelan su alma que, a momentos, parece exiliada.

Pero Emilio no “llora” en Facebook, como casi nadie lo hace. Conocemos al Emilio de una realidad parcial, sometido a un infinito proceso de auto-edición: a través de un medio hecho de verdades pasadas por filtros, Photoshop y por la tecla de Suprimir, en donde se trata de probar al mundo que el dolor es evadible. Una especie de droga virtual en donde pretendemos que el dolor no existe. Engendro de una sociedad que nos ha hecho repudiar los sentimientos “negativos”, la tristeza, la desolación y la soledad; mundo de risas envasadas y orgasmos perpetuos.

Facebook es también una especie de croma, una pantalla verde que cobra realidad en el momento de la post-producción. La realidad que conocemos de Emilio es, también una secuencia, ficcionada, de pasajes de su vida.

“Lo importante no es tanto el montaje, sino el mantenimiento de la cadena de montaje.” (p. 87, Croma).

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