Terapia en el diván eléctrico

Por: Ana María Belaunzarán – @belaunzarana

Entro al coche y el olor a cigarro ajeno no logra desviar mi atención. Mi cuerpo lo sabe, mi boca lo sabe. Como un animal que presiente cuando lo llevarán al veterinario y empieza a temblar o gruñir desde varias horas antes. Mis manos comienzan a juguetear ansiosas con los botones del radio. Alcanzo a preguntarme si se deberá a mi estado de angustia o si se trata de un padecimiento de mi generación, adicta al zapping y al multitask.

Subo por las escaleras de azulejos raídos del viejo edificio en la Colonia del Valle. Y sé que es viejo porque a veces, la edad huele (más tarde, el portero que posiblemente tenga los mismos años que el inmueble, me lo confirmó). Entro al recinto y mi mente viaja cuando el olfato la activa involuntariamente. Primero distingo un olor a enjuague bucal con exceso de alcohol, yeso, pastas, látex… todo enmascarado por una capa de pino en detergente.

Mis visitas al dentista son cada vez más frecuentes e igualmente terroríficas. Estar postrada en ese incómodo sillón que sube y baja al accionar un botoncito que sepa dios dónde está, podría ser un método de tortura moderno. El vello de mis brazos se eriza cuando comienza el chirrido agudo que acude a mi cabeza en forma de déjà vu. Visualizo a mi lengua como la parte interna de una almeja encogiéndose al contacto con una gota de limón que cae en su centro. Aprieto los ojos, junto las manos y todos los nervios de mi ser se preparan.

TerapiaPsicológica

Inicia con un “discreto” piquete de anestesia que, dependiendo de la suerte del paciente, la alineación de los astros o la vida social del dentista, será leve o de la intensidad de un piquete de alacrán –nunca me ha picado uno pero, por el dolor, asumo que así se sentiría— que poco a poco va adormeciendo la boca. Aparece el balbuceo y las palabras ininteligibles que logro articular cuando el dentista, insistente, hablador y curioso, hace las preguntas de rutina o por interés auténtico.

Y es que, no importa qué tanto haya avanzado la ciencia y la tecnología, siguen sin idear un instrumento que, por lo menos, no haga ese sonido agudo que taladra los oídos y sobrecoge al corazón. Fresa, se llama. Una simpática ironía en forma de pico que, si le falla el pulso al dentista, podría acabar agujerando una encía, el labio, o a la pobre y desprevenida lengua.

La lengua es una preocupación muy grande en mis visitas al dentista. Sin querer, la doto de autonomía propia y sufro por sus decisiones, que podrían llegar a ser irresponsables. Tiemblo cada vez que siento que ésta, tendrá un desplante de angustia y se atravesará por el camino de la dichosa fresa o del excavador, y acabará como queso gruyere. (El excavador es un pico filosísimo con el que, estoy casi segura, podrían sacar minerales preciosos. El instrumento, curvo como el pico del diablo, al raspar el diente produce la misma sensación que la de una uña contra un pizarrón de tiza. Espantoso.)

Mis oídos se distraen con un sonido que no había distinguido hasta que dejó de sonar. La “cosa” que lo emitía bien podía ser un refrigerador gigante. Aunque más probable, es que fuera el espectacular iluminado con luces intermitentes en el eje vial al que da el consultorio. Además, puedo oír el sonido del extractor succionando la saliva, que se ha convertido en una melodía persistente. Ah, y en la última capa de sonido, el 92.1 Radio Universal, da señales de vida cuando la fresa da tregua a mis tímpanos.

Pero durante este tiempo –que es incalculable— mi cabeza gira en pensamientos, miles. Se duerme mi boca, (un poco la oreja, la nariz y hasta el ojo termina medio cucho), pero nunca el cerebro.

Entonces comienzo a pensar que se trata de un momento de auto-confrontación mientras pasan, por mi boca los más variados objetos, propios de un torturador de la inquisición. Es ahí cuando ese silloncito eléctrico funge como psicoanalista. Igual de callado y con esa habilidad de sacar los pensamientos de sus escondites más recónditos. Entonces me acuerdo de ese pobre peatón al que no cedí el paso, de esa maniobra prohibida que en este momento parece el peor pecado, pienso en mi pasado, mis vicios, mis manías, mis miedos, mi infancia, mi familia y mis relaciones fallidas…Me arrepiento e imploro misericordia, mientras contemplo el techo con las figuras y constelaciones que mi imaginación ya descubrió.

Salgo de la sala con pasos titubeantes, la sensación de haber sido picada por un panal de abejas africanas en el labio inferior y una mueca que esboza una sonrisa. Feliz de haber superado la visita con mi lengua intacta. Los asuntos que quedaron pendientes… creo que los resolveré la próxima sesión.

Foto de portada: Little Pen

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