Relatos del chico de la lágrima tatuada. La vida en un Cereso para Adolescentes

 

cara lince

Maxim Zaragoza


Por: Maxim Zaragoza
Comunicación 7º semestre

 

Miguel me ofrece agua de mango y me encamina hacia la barra de comida. Nos formamos detrás del barandal y esperamos a que la cocinera saque un vaso a la vez por el hueco de la reja que separa de la cocina a los internos del Centro de Readaptación Social para Adolescentes de Guanajuato. El 21 de septiembre del 2013 a las 10 de la mañana, los abogados que supervisaban la práctica de campo de la clase sobre la Ley de Víctimas nos dijeron que nos quitáramos los aretes, las agujetas y que no preguntáramos demasiado. La siguiente es una conversación con el mayor de los internos. He usado nombres ficticios.

Su libro favorito es El Corsario Negro de Emilio Salgari, confiesa Miguel mientras abre el paquete de Suavicremas que viene en la bolsa del refrigerio junto con una manzana algo moreteada y un cartoncito de jugo Jumex de manzana también. “Me gustó porque es de aventura y hay un cuate bien malote que es pirata”. Lo leyó dos veces y no cree leerlo una tercera. Trae puesta una gorra blanca, una playera de manga corta —blanca también— y unas bermudas color azul rey. La piel de sus brazos y cachetes es roja; el resto es pálida. Le saco unos 10 centímetros, pero soy muy alta. “Ya nomás me falta un año cuatro meses para salir”. Se escucha un silbato no muy lejos.

En el CERESO para Adolescentes de Guanajuato lo conocen como “El Lince” y esa mañana desayunó solo un café y un pan porque ya no le gustan los frijoles de ahí. “Hoy hay pollo a la mexicana con chorizo, ése sí me gusta y, como soy el último que come, siempre me toca más”. Miguel come sólo, luego de que los demás internos hayan terminado. Él dice que es porque los custodios piensan que alborota a los otros grupos de internos, pero ellos opinan algo distinto: “Es muy reservado y casi siempre anda solo […] No tiene broncas con los otros. Si quisiera podría comer con los demás, nomás no quiere”.

* * *

Empieza la cascarita de básquetbol e invito a Miguel a la cancha pero prefiere sentarse en un bloque de cemento que más tarde se convertiría en nuestra sala. “¿No vas a jugar?”, insisto. “No, no me gusta”, contesta, “no soy muy bueno pero sí me gusta verlos”. Se quitó la gorra un momento para acomodar su fleco y reveló, junto con su cabello castaño perfectamente peinado hacia atrás, la razón de su apodo. Los ojos de Miguel son color verde aguacate con lunares cafés, sus irises son gigantes y sus pupilas chiquitas por la luz del sol. “También me gustó El Esclavo”, responde “El Lince”, “ése es de un cuate que es esclavo de las pastillas. Ése sí me llegó duro […] Sí, sí le hacía cuando estaba más ‘chavito’, como tú dices”, se rió. Miguel tiene veinte años y hace menos de cuatro le hacía a las pastillas y a la marihuana, a la cocaína, al PVC, al resistol y a la piedra. “Le doy gracias a Dios de que no quedé tan mal”; su tono siempre es tranquilo y propio, “ahorita puedo hablar contigo y estoy bien, te entiendo y te contesto por pura suerte porque pudo no ser así […] Aquí de repente las mismas familias son las que la meten, casi siempre pastillas o marihuana, pero yo ya no le entro”.

Su mamá siempre le lleva galletas los sábados que lo visita. “Ayer soñé con Bombonetes”, me confiesa. “No, mi papá no. Él solo vino a verme una vez cuando acababa de llegar y me dijo que era la primera y última vez que lo hacía porque cuando mis dos hermanos —que ni siquiera son hermanos completos— entraron a la cárcel nunca los fue a ver y yo no iba a ser la excepción”.

Miguel estaba en una banda en México cuando pasó. Los policías agarraron a dos de ellos, quienes luego dieron su nombre. Él no sabía, por lo que regresó a Guanajuato, de donde es, y ya había una orden de arresto; fue ahí donde lo agarraron. “Le entraba a todo, no sabía lo que hacía casi nunca”, me dice. “¿Qué pasó?”, le pregunto. Le damos vuelta a la pregunta un rato más. Hasta hoy, no recuerdo cómo fue que empezamos a platicar.

“Tu pelo está bien chido, todo chinito. Así lo quiero”, me dice cuando empiezo a trenzarlo y, luego de descubrir e indagar sobre mi tatuaje, me platica de los suyos. “Esos me los hice con una máquina que armé con un popote, un motor de un cochecito, un alambre de cobre y una aguja”. Tiene once en total: cinco en el brazo derecho y cinco en el izquierdo, entre los cuales se encuentran una hoja de marihuana, la cara de una mujer, un par de cráneos y tres puntos en forma de triángulo entre su pulgar e índice izquierdos que creo haber visto ya alguna vez en fotos. “Ya ves como son esas cosas”, contesta cuando le pregunto sobre lo que significa. Se usa para identificar maras. El onceavo tatuaje está en la esquina de su ojo izquierdo; es una lágrima, como de mimo. Estoy segura de haber visto éste antes. Luego de un momento lo confirma, “ése es porque maté a un hombre en México […] lo cargo todo el tiempo”.

mano lince

“Cuando salga quiero quitármelos todos y entrar al ejército, y si no puedo igual me voy a conseguir un buen trabajo de corbata y todo […] Ya no me gustan todos mis tatuajes”.

***

Ahora quiere empezar la preparatoria en el CERESO pero todavía no está inaugurada. “Ya casi está lista”, dice el Licenciado encargado del “tour”, -“máximo en dos semanas”.
“Llevan atrasándola desde hace meses y no hay mucho que hacer aquí”, difiere Miguel, “tengo mucho tiempo libre”. Le gusta hacer pesas, leer y fabricar muebles y cuadros cuando el taller de carpintería está abierto. “Nos ponen muchas películas porque casi ningún taller está abierto”, lamenta. Sus favoritas son las de Harry Potter y El Señor de los Anillos. “En mi cuarto tengo un radio y una tele”, afirma, “me gusta ver La Isla en el Siete. Vivo bien…

Pero ‘aunque la jaula sea de oro no deja de ser jaula’, ¿verdad?”

Curiosamente repite lo que el Licenciado del “tour” me había dicho hace no más de una hora luego de haber expresado su amor hacia las instalaciones. “Sí me arrepiento”, reitera, “cuando eres adicto no entiendes muchas cosas que haces ni por qué”. Cuando hablo con el Licenciado del “tour” me dice: “los que te dicen lo que hicieron a la primera es porque siguen orgullosos; los que llevan más rato aquí tienen más tiempo de reflexionar”.

***

Escuchamos otro silbato y un custodio se acerca a nosotros para indicarle a Miguel que se aparte de mí, pero Judi, una de las únicas dos internas, pide silencio a todos para que empiece a cantar el rap con el que ganó el primer lugar de “La Voz del Centro (de Readaptación Social para Adolescentes de Guanajuato)” la semana antepasada. Todos aplaudimos. Cuando terminó todos insistieron en que cantara el segundo lugar también y a “El Lince” se le puso la cara colorada. “¡Ya se les chiveó!”, dijo Inés.

“El viento está invadiendo la noche. Las luces brillan en el valle, yo sentado en la noche sobre un cerro, esperándote”.

Miguel cantó Loco por tu amor de Solo Di Medina. “Me quedé a nada de ganar el primer lugar”, promete, “pero Judi escribió todo el rap y yo cante una que ya existía pero si no yo creo que sí ganaba”. Regresa el custodio del silbato y aprovecho para hacer una última pregunta. “Soldado”, responde; de niño “El Lince” quería ser soldado. Esta semana cumple un mes de estar fuera.

 

 

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