Glamour vs Realidad en Acapulco: 6-0, 6-0, 6-0

Por: Ana María Belaunzarán – @belaunzarana
Comunicación, 8° semestre

Un enorme letrero, construido provisionalmente en forma de arco, da la bienvenida para entrar a la sede del Abierto Mexicano de Tenis. En su interior, un mundo alterno parece suspender la realidad de lo que afuera se vive. Ese afuera es un Guerrero herido, resentido e indignado por lo ocurrido recientemente en Ayotzinapa.

Adentro se prolonga la fiesta. El público ríe y celebra, mientras afuera, los granaderos se plantan en la avenida para prevenir disturbios. Algunos curiosos se han olvidado del tenis para asomar la cabeza al escuchar los gritos amplificados por un megáfono que parece acercarse. El contingente, conformado por maestros de la CETEG y de indignados por el caso Ayotzinapa, avanzan mientras gritan sus consignas y reclamos al Estado que ha decidido dejar de escucharlos.

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Foto: Ana María Belaunzarán

 

La misma intensidad de gritos, pero con otro mensaje, se oye al interior del estadio central, que se desgarra en alaridos y porras para la tenista rusa Maria Sharapova: “¡Maria, hazme un hijo! ¡Esa, mi Mary!”, gritan algunos aficionados frenéticos, mientras se apuran a sorber la espumosa chela que se desparrama de los vasos extra-grandes. Gente con lentes oscuros y vestida con ropa de lino a juego con su piel, blanca (aunque enrojecida por el sol), llena los palcos. La música en inglés de melodías festivas, recubre la atmósfera. Puestos de comida internacional y gafetes V.I.P.

Los gafetes V.I.P., insignia que diferencia a la “gente bien” del resto. El primer síntoma de una segregación social disfrazada de acuerdo colectivo. Servidos y servidumbre. Los de adentro, ajenos e indolentes a una realidad de la que deciden desentenderse, de la que sólo se ocupan para quejarse diciendo “ya nos bloquearon el aeropuerto”, y los de afuera, testimonio real de un tejido social mal construido desde sus cimientos, desde la conquista y más atrás.

Acapulco es el escenario ideal para ejemplificar lo que sucede a gran escala en el resto del país. En donde conviven pobreza extrema y abundancia grotesca. Condominios de lujo con penthouses, roofgardens y demás palabrerío gabacho, y casas de lámina sin agua caliente. El Acapulco “Diamante” y el Acapulco “La Bonfil”, separados por una cerca invisible que, sin embargo, de alguna forma se alcanza a sentir.

Gina, quien trabaja en el hotel Princess (donde se lleva a cabo el torneo), comenta “estoy acabando de construir el segundo piso de mi casa, lo malo es que ya no nos alcanza ‘pal techo. Cuesta de a 200 pesos cada lámina y se necesitan varias, como 5 ó 6”. Por otro lado, Joaquín Orvañanos, entusiasta asistente del evento, asegura: “una serie completa para entrar (una semana por una persona) cuesta casi 8,500 pesos en los asientos de hasta arriba, en zona general más de 10,000 pesos y en zona VIP más de 14,000 pesos”.

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Foto: Reskiebak/ CC

 

Por otro lado, las cámaras capturan a personas “famosas o importantes”, como dice Alejandro, fotógrafo de una revista en la que sale gente de piel blanca y apellidos rimbombantes. Retratos de una parte de la sociedad que vive del engaño y del snob, que se avergüenza de sus orígenes, y sus conflictos sociales.

Un mismo espacio en donde convergen realidades opuestas. Un mismo país lacerado por tanta injusticia y desigualdad social. Mientras los fotógrafos de las revistas de sociales alistan sus cámaras para retratar a la “gente bien” (las comillas nunca han sido tan útiles), los acapulqueños siguen viviendo como todos los días: sin poder evadir una realidad que quisieran cambiar.

Foto de portada: Shyam Mani/ CC

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