El Panteón de Dolores. Una visita a un lugar de héroes, cantantes e historias del más allá

Por: Angel Francisco García Rodriguez
Becario PRENDE

Un perro mestizo echado justo enfrente de la tumba del General Plutarco Elías Calles parece que vigilará el descanso eterno del jefe máximo de la revolución.

Afuera, el pasar constante de los carros sobre avenida Constituyentes. Sólo una barda divide el descanso eterno del tráfico característico de la Ciudad. El escenario es el Panteón de Dolores, fundado en el año de 1874 y el más grande de la capital.

Aquí, un personaje peculiar trabaja para los muertos. Le pagan los vivos y a veces no tan vivos.

Su nombre José Luis Gracia Cruz, un sepulturero de 55 años quien desde sus primeros cinco trabaja en este panteón enterrando a los difuntos, limpiando las tumbas, desenterrando cuerpos para hacer espacio y como en este caso dando visitas guiadas con los residentes ilustres de este lugar.

El encuentro fue por casualidad, en el pasillo que conduce a la Rotonda de los Personajes Ilustres. Aquí primero sugirió contratar a un guía para conocer todo el recinto.

-Le cobran 300 pesos la guía.
-¿Y dónde consigo uno?, pregunté.
-Si ustedes me lo van a pagar a mí, yo se los puedo dar.
-No puedo darle trescientos pesos, a lo mejor por cincuenta.


Seguimos a José Luis por entre los pasillos y las tumbas del panteón, para que nos llevará primero al lugar de Pérez Prado, donde se puede ver en lo alto de la habitación “Aquí yace el rey del mambo”.

En este sitio, por alguna razón, están guardados una gran cantidad de zapatos, ropa y artículos de limpieza de las personas que cuidan el panteón. Es el lugar donde descansa el rey del mambo desde 1989. Ya no se escucha la música de su autoría que en los primeros años después de su muerte le tocaran sus admiradores.

El improvisado paseo continuó, esta vez con rumbo hacia el mausoleo del Padre Pro, un evangélico que combatió contra el gobierno federal en la guerra cristera y que se encuentra en proceso de canonización por la iglesia católica.

Su tumba muestra los mensajes de agradecimiento por parte de los creyentes, “Doy gracias al padre Pro por los milagros recibidos”, se puede leer en los alrededores de esta tumba.

También se puede descender por unas escaleras de metal hacia la oscuridad y la humedad de la abandonada cripta, donde también se encuentran los restos del Padre Enrique Portilla Osio, quien fue director de la Universidad Iberoamericana de 1977 a 1980.

Para continuar con este recorrido, seguimos los pasos de José Luis hacia la tumba de la actriz y cantante Conchita Jurado, que en los años treinta fue la artista del momento en la Ciudad de México.

Con el pasar de los años a José Luis le ha tocado enterrar a varios de sus amigos a quienes además de tener ubicado su lugar de descanso, los recuerda como las personas que fueron: “Ahí el señor Zamora, el señor que está ahí yo lo saludaba”.

Otras de las anécdotas que marcaron a José Luis fueron los días de trabajo arduo luego del temblor del 85, en donde los cuerpos de los fallecidos fueron llevados a la fosa común.

Fue una semana, día y noche, a veces solo traían pedacitos de la gente y los enterrábamos.

Además de las personalidades que tienen aquí su descanso eterno, este lugar es espacio para la práctica de la llamada brujería.

Sobre los espacios que hay en las bardas que dan a la avenida, se pueden encontrar bolsas de color negro con fotos de personas, ropa o bolsas de color negro con cocos quemados en su interior o muñecas de color negro con la cabeza zafada o los restos de un aborto. Para José Luis esto depende de cada religión o cada creencia que tenga la gente.

En especial un reconocido jefe de la policía ministerial a quien encontró enterrando con este tipo de artefactos o a una reconocida dirigente de un partido político quien vino a dejarlos también.

Otra de las historias que José Luis nos compartió es la de un joven de Dinamarca quien le pidió llevarlo a la fosa común para desenterrar los cuerpos y tomarse fotos con ellos.

“Decía que para ellos no existe la muerte. Se metió debajo de la fosa y se tomaba fotos con ellos, él decía que la muerte era energía”, recuerda José Luis.

O la de un joven que le pidió una caja para meterse porque él ya estaba muerto.

“Este cuate me pidió que lo trajera, que le consiguiera una capilla, una caja y estuvo ahí acostado en el ataúd como veinte minutos o media hora”, dice José Luis.

Fue así como terminó este recorrido entre los grandes personajes de la historia de nuestro país o los artistas que marcaron época y la gente que encuentra en este lugar su último descanso, rodeado de árboles, trabajadores testigos del fin de la vida y los perros que guardan a sus huéspedes distinguidos.

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