“A mi Chapis. Ella sabe porqué”. El arte de las dedicatorias en la literatura

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Por: Aida Elías Calles
Comunicación 8° semestre

Hasta hace poco envidiaba a los japoneses porque ellos tienen el arte del Haiku. Esos poemas cortos, de apenas tres líneas, de cinco, siete y cinco sílabas. Esas tres líneas, a pesar de su brevedad, encierran un todo. Todo un mundo, toda una verdad, todo un pensamiento surgido de la contemplación.

 En la penumbra/ lo que ronda mis ojos/es su cara que ríe.- Yransetsu, discípulo del gran artista del Haiku, Basho.

Envidiaba a los japoneses, como probablemente también lo hacía Jorge Luis Borges, a quien le dio por escribir haikus unos cuantos años antes de su muerte

(¿Es un imperio/ esa luz que se apaga/ o una luciérnaga?).

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Foto: Howard Hall/Creative Commons

Envidiaba esos poemas mínimos, esos “pequeños universos”, por no haber visto nunca nada igual, más que a nuestros pobres escritores fingiendo ser japoneses.

Pero hace unos días descubrí el arte de la dedicatoria, ese par (o tres, o cuatro) de líneas que sirven para “ofrecer” un libro a alguien. Por una afortunada coincidencia, puse atención a la primera hoja del libro Primavera con una esquina rota de Mario Benedetti, y ahí la vi la dedicatoria:

 

A la memoria
de mi padre

(1897-1971)
que fue químico
y buena gente


No es una dedicatoria cualquiera. La mayoría de estos pequeños textos son bastante aburridos: “A mis hijos”, “a mi querida familia”, “a mi hermosa esposa”… A veces aparece algún nombre: “A Joaquín”, “A Martha”… Y los lectores, que no sabemos quién es Joaquín o qué hizo Martha, encontramos la dedicatoria igual de aburrida

La tradición de dedicar los libros, así sin más, a quienes promovieron su escritura, es antigua.

Cervantes dedicó la primera parte del Quijote al Duque de Béjar. Plinio el Viejo, antiguo escritor romano, dedicó toda su Historia Natural al emperador Tito.

Hoy los padres, la esposa, el esposo y la familia sustituyen al duque y al emperador. Pero entre todas las dedicatorias sin chiste, entre las dedicatorias (puede ser) por compromiso, se encuentran algunas líneas que son café espresso en un mundo de frapuchinnos, o como una Coca-Cola hallada por fortuna en un mundo lleno de Pepsi.

Son dedicatorias-poemas. Casi como haikus. Todo un mundo de agradecimiento, o de buen humor, condensado en unas pocas líneas. A la memoria/de mi padre/que fue químico/ y buena gente; es ya una dedicatoria de culto (entre los aficionados a este muy particular tipo de literatura); como una ensalada en medio de un restaurante McDonald’s.

Tengo que encontrar todas las dedicatorias-poemas que existan, pienso.

Así que empiezo por explorar la Biblioteca Francisco Xavier Clavijero. Son 602,260 libros y 24,665 metros de estanterías. No hay bibliotecario que pueda ayudarme en esta tarea. Apenas les da tiempo de leer unas cuantas palabras del reverso de los libros que acomodan cada día. Le encargo entonces la tarea al azar. Elijo un pasillo y comienzo a abrir libros, los que sean, uno por uno. Después de unas cuantas semanas de búsqueda, encontré siete de estas joyas. Siete no porque sea un número sagrado (dicen algunas religiones), si no porque no es tan sencillo explorar al azar 602,260 libros.

 

A mi Chapis.
Ella sabe porqué.

Hernán Solís Garza, Los que se creen dioses: estudios sobre el narcisismo.


A mis hermanos,

Y la espléndida corte de sobrinos.

Alfonso López Quintas, El amor humano: su sentido y su alcance.

 

For Tom,
my number two son
[Para Tom,

mi hijo número dos]

Martin Gardner, The incredible Dr.Matrix.

A L.A.,
Que representó su papel en todo esto,
en testimonio de nuestra vieja
amistad

Matthew Josephson, Mi vida entre los surrealistas.

 

Dedico este libro
a todas esas almas
vivas en esta dimensión
o en otra,
que, a sabiendas o inadvertidamente,

me han enseñado
lo que es al amor
y lo que no es,
y quienes, por discreción,
han de permanecer anónimas.

June Singer, Energías del amor: sexualidad y nueva era.

Para las ents-mujeres,
dondequiera que puedan estar

Gregory Bassam y Eric Bronson, El Señor de los Anillos y la filosofía. 

A Stanley Siegel, quien me dijo que abriera las
ventanas de par en par, escuchara a Puccini
y me divirtiera. Y lo hice.

Sally Helgesen, Seis estrategias para navegar en el nuevo entorno profesional.

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