Playa del Carmen, paraíso psicotrópico

Miguel Bárcena – @miguelbar04

Comunicación 9° semestre

Mi vuelo salió del aeropuerto a las seis de la tarde del pasado viernes. En una hora y media llegué al aeropuerto de Cancún para después tomar un camión hacia mi destino final que, sin duda,  se ha convertido en el paraíso de la fiesta para los connacionales y sobre todo para los extranjeros: la mayoría gringos dispuestos a hacer lo que sea por alcohol o drogas.

No perdí tiempo para conocer la vida nocturna de la Quinta Avenida. Un sitio abarrotada de bares, antros y de RP´s que se pelean a los clientes ofreciéndote cualquier cantidad de promociones para que elijas su establecimiento y que gastes tu dinero.

“!Ven, ven! ¡Aquí es lo bueno!”, “¡acá sí te doy alcohol, no te lo rebajan con agua!”, “¡aquí están mejor las gringas!”, “¡te lo dejo 100 pesos más barato que él!”.  Un sinfín de frases que te hicieran reír o cualquier promoción que te tentara  a  pasar.

De fondo siempre se escuchaba la música a todo volumen. Incluso se confundían las canciones debido a la cercanía de cada antro, aunque hoy el éxito número uno en Playa del Carmen es “El taxi”, de Osmani García  y Pitbull.

Al final decidí entrar a Blue Parrot, un antro estilo beach club con alberca y dos barras, una donde te ofrecen todo  el  alcohol  que puedas  tomar y otra donde puedes pagar por la bebida que gustes. La  primera barra estaba abarrotada por los extranjeros que no les importaba qué bebida les daban los bartenders.

Tras dos horas de estar esperando a que llegara más gente le di la  razón  al cadenero que  me dio  la  bienvenida en la entrada.  “Lo bueno” empezaba hasta las 2 de la mañana, cuando todos los extranjeros comenzaron  a volverse locos.

Algunos subiéndose a las barras a tomar de sus botellas directamente, chavas comenzando a ligar con cualquier tipo que se atraviese y lo más importante para los foráneos: las drogas comienzan a moverse.

Incluso hay dealers dentro del antro y los mismos meseros te dicen quién vende mejor o quién vende una “no tan chida”.

Los dealers están cazando y si hacen contacto con tu mirada, se frotan la nariz con el dedo índice, esa típica señal que significa ¿quieres una línea?.

Si  quieres  consumir  algo  te llevan al baño, sacan de sus bolsillos cualquier cantidad de bolsitas de plástico y te dicen cuáles son sus diferencias. Desde el sabor, la textura, hasta la combinación con otras drogas y sobre todo cuál te levanta más rápido.

Al final, como vieron que sólo estaba preguntando por preguntar, no me quisieron dar el precio y prefirieron decirme que mejor no le moviera más.

A diferencia mía, los extranjeros ya sabían cómo comprar estos productos. En cuanto veían la señal, ellos mismo jalaban al dealer hacia el baño y rápidamente le daban los dólares a cambio de una bolsita del tamaño de un dedo meñique.

En cuanto la tenían, el dealer salía y el que compraba se encerraba en un baño. Algunos ya perdían la vergüenza y lo hacían en la pista mientras ofrecían a sus amigos.

Tras todo esto, preferí moverme de lugar porque el ambiente se tornaba muy intenso. Para ese momento, el reloj ya marcaba las cinco de la mañana y la mayoría de los antros se empezaban a vaciar.

Dormí seis horas el primer día y moría de hambre. Eran alrededor de las 12 del día y mi estómago ya me pedía algo de comer. Tomé un taxi y fui a El Pirata.  Este restaurante es que se encontraba a una cuadra de Playa Mamitas, parada recomendada por el taxista porque es una de las playas donde se comienza a precopear.

El taxista tenía razón. Apenas eran poco más de las dos de la tarde y ya te encontrabas con gringos cayéndose en la playa, chavas llorando por decepciones amorosas y todo tipo de borrachos desde el que se queda dormido, hasta el que sigue tomando y simplemente no cae.

Playa del Carmen es un enorme mercado para los narcomenudistas, al igual que un lugar perfecto para los springbreakers que vienen a hacer todo lo que no pueden hacer en su país. Desgraciadamente antros como Blue Parrot se prestan para que se sigan moviendo productos ilícitos e, indudablemente, con el permiso de los dueños.

Bien me lo dijo uno de los taxistas que me transportaban: “aquí todo lo que quieras se puede conseguir. Todo está al alcance de la mano”.

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