Sobre alpinismo, la muerte…y otras historias

Ana Maria Belaunzarán – @belaunzarana
Comunicación, 8° semestre

Diego aparece en el otro extremo del gimnasio, con ropa casual y barba de varios días. Va, viene, sube, baja y finalmente se detiene  para platicar unos minutos. El baterista en receso, arquitecto por profesión y alpinista empedernido habla de muchas cosas, pero cuando se refiere a la montaña sus ojos se iluminan y de su boca se escapa una sonrisa. Su cuerpo, inquieto, quiere seguir hablando de su pasión más profunda:  la montaña.

Las manos de Diego cuentan historias; los callos y las cicatrices relatan una vida recorrida verticalmente. Su biografía encarnada habla de cuando subió el Aconcagua, la Cordillera Real en Bolivia y otras puntas de Los Andes.

Fotos por @diegomountain

Fotos por @diegomountain

 

Sus manos han pasado a ser los instrumentos con los que controla lo indomable, la naturaleza y  la montaña, que a veces es dócil y serena, fácil y accesible, pero otras tantas es agresiva e iracunda. Es una mujer hormonal con un estado de ánimo inestable e impredecible.

Un año de entrenamiento para preparar una sola expedición, 30 kilos de maleta en la espalda y un cuerpo, emocionado, en estado de ebullición a pesar del frío. Todo listo para que Diego y el equipo inicien el ascenso a la montaña. Y, aunque la bipolaridad de la naturaleza les impida tener un itinerario fijo, proyectan lo que quieren recorrer los días siguientes.

Las noches son heladas, largas, oscuras y cansadas en la montaña. A más de 5 mil metros de altura, los pulmones se esfuerzan por calar el poco oxígeno que tiene el aire, mientras la baja presión atmosférica hace que el cuerpo sufra periodos de apnea mientras está en estado de reposo —este fenómeno se le conoce como respiración de Cheyne Stokes—. Entonces Diego se despierta sintiendo que se ahoga. Así, descansar se vuelve complicado, a veces imposible.

por @diegomountain

Fotos por @diegomountain

Antes de que el Sol aparezca para calentar el cuero congelado de los escaladores, el equipo sale para aprovechar el hielo duro que se resquebraja con menor facilidad. La nieve floja podría despegar peligrosos aludes que acabarían con la vida de los alpinistas.

La muerte es la compañera incómoda y silenciosa que viaja a su lado. Saben que está ahí, pero deciden ignorarla mientras se aferran a sus cuerdas tan fuerte como se anclan a la vida. Es ahí cuando aparece el miedo.

Diego tiene miedo cuando siente la altura debajo de sus pies y alcanza a ver la muerte que se proyecta como un infinito abismo. Pero sabe que este ambivalente sentimiento puede fungir como su aliado, siempre y cuando no permita que lo petrifique, cuando sea lo que lo empuje para dar el siguiente paso, para subir al siguiente peldaño, cuando dilate sus pupilas y lleve la sangre a sus extremidades.

Es un factor que te agudiza y te sensibiliza siempre. Está ahí y es imposible no notarlo, así que tu mente trabaja bien duro para poderse mover con eso.

Y cuando los esfuerzos por mantenerse alejado del miedo fallan, Diego empieza a cantar y, aunque su voz no lo llevaría a ganar ningún concurso de canto, es suficiente para regresarle la concentración en lo que está haciendo, es el salvavidas portátil más efectivo.

El reto está en la montaña, pero también está al interior de uno mismo.

Cuando el cuerpo está más cerca del cielo que del suelo, el corazón bombea más fuerte y rápido. El cuerpo extenuado quema alrededor de 12 mil calorías diarias para poder funcionar, para seguir escalando y seguir adelante.

El estómago con complejo de aspiradora de Diego, consume 8 mil calorías todos los días en la montaña y, aún así, sus pantalones le nadan cuando regresa a casa con seis kilos menos. El cuerpo se autoconsume, pues es la manera más fácil de obtener energía. Los músculos se reducen y terminan chiclosos y agotados.

Aunque el sufrimiento parece rodear la vida de cualquier alpinista, Diego no le presta demasiada importancia. Sabe que cuando la muerte está tan cerca que se puede oler y sentir, la vida parece estallar en intensidad. La adrenalina exacerba todos los sentidos y las emociones se trepan a la superficie de la piel que queda hipersensible. Todo se siente más intensamente y eso llena de sentido cualquier mal rato que se pueda vivir allá arriba.

Entonces, cuando llega a la cima, Diego se come una tutsi pop que comparte con quienes considera especiales en su vida mientras contempla el paisaje. Está en la cumbre del mundo y el sentimiento de grandeza le eriza la piel. Entonces se prepara para seguir con el descenso.

Para Diego no existe el fracaso cuando se trata de subir montañas, cuando el proyecto no sale como tenía planeado, aprende más. Sabe que es una experiencia y una oportunidad para mejorar

“Cuando sales del otro lado entero es una superación, es una cosa bellísima. Pero cuando no sales del otro lado entero o cuando te bajas antes de acabar, te llevas un gran aprendizaje. Porque probaste tu gran límite. Cuando conquistas algo no hay nada”.

La montaña le ha enseñado tantas y tan diferentes cosas que es imposible reducirlas a una palabra u oración. Diego ha aprendido de esfuerzo, humildad, derrota y triunfo.

Escalar te enseña sobre las nubes y el hielo, sobre física y negocios, fotografía y edición, sobre la gente y sobre mis amigos… Pero sobre todas las cosas, te enseña la vida.

Después del viaje que ha sido platicar con el alpinista, estoy de regreso en el gimnasio de escalada “Memento”, del que Diego es fundador, rodeada de piedras de diferentes tamaños y colores colocadas sobre un fondo azul.

http://mementoclimbing.com/

 

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