La experiencia teatral de Sensorama nos enseña cosas que sólo se saben al morir

Melina Vázquez -@melinavzb
Comunicación 7°semestre

Existen personas que pueden ver sonidos, oler colores y saborear formas o texturas. A esa condición se le llama sinestesia, es una suerte de combinación entre los sentidos. Sensorama retomó ese concepto como parte de lo que hace su teatro sensorial, cosa que da sentido a lo que ocurre en el noveno piso del número 199 en la avenida San Luis Potosí, Roma Norte.

El Teatro Sensorial Sinestésico de Sensorama surgió hace 18 años como corriente de arte contemporáneo que al inhibir de la vista apuesta a las sensaciones que van “generando así nuevos códigos escénicos y estéticos, que se desarrollan y expresan en el escenario interno e íntimo de cada participante”.

Al cubrir nuestros ojos nos volvemos los actores de la puesta en escena que sucede a partir de sabores, sensaciones, sonidos y olores. Los directores de Sensorama son Héctor Manuel Fernández y Demian Lerma, quienes comenzaron el proceso de investigación e incorporación de códigos sensoriales con el lenguaje escénico.

Hace unos días visité el lugar para la sesión Cosas que sólo de muerto se saben, una experiencia basada en el trabajo de la pionera en tanatología Elizabeth Kübler Ross. A las 4 p.m. del domingo ascendí hacia un lugar de paredes blancas y cuadros que anuncian el símbolo de Sensorama y los diferentes talleres que imparten.

Aunque yo ya había ido a Sensorama un par de años antes a la experiencia Cuerpo Planeta que experimentaba sobra el mundo natural y su deterioro, sabía que esta ocasión sería diferente pues era sobre la muerte, tema tabú para algunos y sagrado para otros.

En la sala de espera algunos asistentes experimentaron incertidumbre y ansiedad que se expresaron en frases como: “Ojalá no esté muy fuerte” o “Ya me están dando nervios”. Una de las asistentes llegó sin saber de qué se trataba pero al escuchar las primeras instrucciones comenzó a pensar que ojalá sí lograra agudizar sus sentidos.

Foto por  Sensorama

Foto por Sensorama

Yo pensé que tendría que concentrarme para que mi experiencia fuera más intensa. Éramos un grupo numeroso, aproximadamente 12 personas estábamos a punto de desenfundar los pies de los zapatos y deshacernos de celulares, dinero y llaves para entrar a un lugar que prometía llevarnos a nuestra propia muerte.

Quitarse los zapatos es, de alguna forma, una promesa a no huir. Es un contrato de confianza. Porque esos tres centímetros menos, nos hacen un poco más enanos y un poco más frágiles. Una amable mujer de voz pausada nos dio la bienvenida y explicó lo que íbamos a hacer. Había que ponerse unos goggles que no nos permitirían ver más que sombras. Y también había que dejarse ir.

[Spoiler alert: contaré mi experiencia así que si quieres ir y prefieres que sea sorpresa pasa al último  párrafo]

Foto por Sensorama

Foto por Sensorama

Cerrar los ojos es, de alguna forma, quedarse solo. Así nos adentramos en un lugar alfombrado. No sé si caminamos en círculos, o si realmente avanzamos hacia algún lado. La ambientación sonora hacía parecer que nos encontrábamos en una cueva o sumergidos en agua. ‘Acuéstate’, me dijeron sin decir.

Recibí un oso de peluche flacucho que mantuve entre mis manos y sobre mis costillas. Era yo una niña. Era pequeña. Todo sonaba confuso. Me recosté en la comodidad de saberme segura. Mi madre tarareaba con la eme una canción de cuna. Me acariciaba con suavidad la cabeza y el pelo. Sin estar envuelta en su regazo, yo estaba entre sus brazos sintiendo ternura y amor.

Crecí. Me cantaron cumpleaños. Perdí mi peluche. Jugué y conocí amigos. Me dieron un regalo y lo abrí de inmediato. Mi familia me amó. Y yo los amé a ellos. Pero morí y me transportaron como si fuera yo un costal. Fue muy rápido. No lo creí hasta que algo cubrió mi cara y mi cuerpo por completo y sentí entre mis dedos unas flores, unos claveles. Al principio me resistí, pero luego dejé que la tela cayera sobre mi nariz. Unos bultos me rodearon. Me encerraron. No me moví. Pronto la gente lloraba a mi alrededor y sollozaba por mí. Oí sus lamentos a unos centímetros de mi oído. Sufrían y no tenían consuelo. Yo quería decirles que estaba bien, que dejaran de llorar por favor, pero no dije nada.

De mis goggles escurrieron unas lágrimas. No las limpié, estaba yo muerta. Luego la cosa se volvió borrosa, en sentido figurado. “Ya nunca verás a tu familia”. Ya no estaba cubierta ni acostada sino en un limbo medio tenebroso en el que no encontré nada. Vi manchas rojas y parecía haber fuego. ¿Fui al infierno? La música se tornó como selvática. Creo que bailé. Ondearon mis manos, y mis pies: uno dos. De pronto alguien habló a mi oído y me asustó. Pero aguanté hasta que el ambiente se tornó suave, los sonidos eran como de playa, sentí una brisa fresca. El viento calmaba el calor –¿del infierno?– y el espíritu.

La experiencia terminaba ya porque colocaron mis manos sobre los hombros de alguien y sentí otras manos sobre los míos. Alguien dijo cosas y todos respiramos despacio y ruidosamente. “Estamos hechos de fuerza”.

Foto por Sensorama

Foto por Sensorama

Regresé.

Siempre estuve aquí, sólo que morí.

“En una palabra, ¿qué pasó ahí? / ¿qué sentiste?” Tranquilidad. Amor. Paz. Tranquilidad. Vida…

La vista volvió a escuchar. La boca volvió a mirar. Regresamos a la sala blanca llena de atardecer que nos esperaba a las 5:30 p.m. de un domingo donde nada y todo había pasado.

En medio de mi muerte me pregunté y reflexioné cosas como ¿qué me falta por hacer?, ¿realmente tengo tiempo de sobra para hacerlo?, ¿dije ‘te quiero’?, ¿dije ‘gracias’?, ¿abracé, besé?, ¿ayudé?, ¿aprendí?, ¿descubrí?, ¿traté?, ¿amé? No es fácil soltar o que te suelten. No es sencillo concientizar que la muerte puede llegar hoy. Al final, nunca es fácil morir.

Pregunté a otros qué habían sentido y qué les había parecido. Las expectativas de Bernardo habían sido superadas; entró sin saber nada pero quienes dieron la obra lo hicieron sentir muy cómodo. Dijo que incluso a una chica claustrofóbica que formaba parte del grupo le había ido muy bien. Él se sintió muy tranquilo y disfrutó de toda la experiencia. Sin duda volvería a ir.

Brenda sintió curiosidad por cómo se representaría su propia muerte. Durante la sesión  tuvo varios sentimientos pero la tristeza fue el más recurrente, sin embargo, también se alegró cuando bailó y “voló”. Por otro lado, lo relacionó con una reciente muerte cercana y se preguntó si acaso así habría sentido la persona que falleció.   “Creo que, aunque no fue lo que yo esperaba, sí fue una experiencia intensa y sorprendente que terminó haciéndome reflexionar sobre mí misma”.

Sensorama es una experiencia especial e interesante por sus posibilidades de ser distinta para cada una de las personas que asiste. Los sentidos se despiertan al inhibir la vista pero también provoca cosas en la mente: permite reflexiones que de otra forma sería difícil plantearse.

Las sesiones de Sensorama tienen cinco diferentes experiencias: Colores, Cuatro elementos cantos indígenas, Cosas que sólo de muerto se saben, Transmigraciones y Desbordante 2.0. Para ir hay que comprar previamente los boletos porque se entra en grupos pequeños. Cuesta $300 y $250 para estudiantes, mientras que en preventa son $250 general y $200 estudiantes.

 

 

 

 

 

 

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