Rugby, la sana adicción para una maníaco-depresiva ex-drogadicta

Xiadanni R. Reyes – @XiadanniReyes

Comunicación 8° semestre 

“Para  hacer rugby tienes que estar medio loco, y yo tengo el pretexto perfecto”. Socorro Vega es una arquitecta de 50 años que practica rugby como terapia adicional al tratamiento que recibe por el trastorno maníaco-depresivo que padece, así como por su adicción a la cocaína y el alcohol.

Aunque este deporte de contacto apenas se formalizó en México en 2003, cuando la Federación Mexicana de Rugby obtuvo el reconocimiento por parte de la Comisión Nacional del Deporte (CONADE), fue hasta 2013 que las mujeres empezaron a tener un grupo representativo. Una de sus principales promotoras ha sido “Coco” Vega, también conocida como “El Ratón”.

En un campo de futbol parchado de pedazos de pasto y tierra se encuentran 14 mujeres, siete por cada equipo, hombro con hombro, empujándose y ejerciendo presión  unas contra otras, como en una especie de abrazo de grupo formando el scrum —o también conocido como melé—  bajo la lluvia para empezar a jugar un partido de seven`s.

Su  entrenadora y también comadre, Gaby Robles, explica las reglas básicas del juego a los curiosos que pasan a un lado de la cancha, ubicada a un lado del Foro Sol.

El objetivo de cada equipo es llevar la pelota hacia el final del campo contrario y marcar tantos. Los jugadores pueden tanto patear como acarrear con las manos la pelota, lateralmente o hacia atrás. “El resto de las reglas solo se pueden entender jugando”, le  dijo Gaby a unas adolescentes que se habían acercado a ver el entrenamiento.

El balón ovalado es tomado por “El Ratón”, quien lleva marcado el número 10 en su jersey.

Una mujer delgada y bajita, con la  cabeza llena de canas, sale a toda velocidad hacia la zona de anotación… sin embargo es interceptada. Cae en el lodazal que se ha formado en medio del campo con todo el peso de su cuerpo, más el de quien la ha  derribado. Alcanza a soltar el balón y una de sus compañeras sigue con la jugada.

Coco —como prefiere que le llamen— sacude los shorts negros, se sube las  calcetas, y  en lugar de tomar  de nuevo  el ritmo del juego, camina detrás de las  jóvenes con las que se está enfrentando “amistosamente”.

Una de las jugadoras del equipo contrario, de las que se quedaron sentadas en las gradas esperando participar, sigue con la mirada a Coco y le comenta a sus compañeras, “cuando mi tío me contó que una de sus amigas jugaba rugby, primero creí que era una chava, luego me reí en su cara cuando me enterée quien era. Pero  luego la vi en un torneo, pensé ‘si ella podía entrarle a los golpes’, yo también”.

 

***

Desde que tenía siete años, Coco hizo ejercicio. Al principio practicó futbol, durante la secundaria y la preparatoria perteneció a la primera generación de mujeres que practicaron americano. Cuando estudió Arquitectura, pasaba del salón de clases, a la plataforma de la alberca olímpica de Ciudad Universitaria para entrenar más de dos horas al día.

Al graduarse empezó a trabajar en la construcción del hotel Camino Real (el que está en Polanco). Ahí conoció a la que, meses después, se convertiría en su pareja y quien sería su entrada a la cocaína.

La disciplina del deporte fue lo que inicialmente la mantuvo en un ambiente saludable. “Siempre me negué a las drogas, hasta que un día se me ocurrió que no iba a pasar nada…Tenía 28 años, y ya grande crees que ya estás libre de riesgos”.

El intenso azul de los ojos de Coco empieza a ensombrecerse cuando recuerda la primera vez que consumió al lado de su pareja. Habían discutido un malentendido, que por alguna razón ella ya borró de su memoria. “No sé ni de qué nos estábamos  peleando, pero terminamos hablando de su vicio. Le dije, ‘a ver, dame de tus mugres esas’. Quería demostrarle que podía dejarlo, pero la que se terminó enganchando fui yo”.

Tras nueve años de consumir, logró mantenerse sobria por tres, pero al aceptar un trabajo en Guadalajara tuvo una recaída. Había empezado a tener largas temporadas en las que no podía levantarse de la cama por la severa depresión que padecía. Pero también tenía episodios intermitentes de extrema alegría que ella consideraba efecto secundario de su adicción.

“Mi comadre se fue por mí, me trajo a vivir a su casa. Quiero que sepas que los adictos  somos sumamente peligrosos; ella se aventó un alacrán a la espalda. Gaby siempre pensó que no era nada más lo de las drogas… ella siempre creyó en mí y estuvo buscando información y psiquiatras y demás”.

En 2005, Socorro fue ingresada al Hospital Psiquiátrico Fray Bernardino Álvarez por una crisis mixta, la cual se distingue por ser un episodio agudo tanto de depresión como de manía. Lo que parecía un desafortunado incidente fue liberador para Coco:

“Mucha gente no lo quiere admitir, pero para mí fue genial estar enferma, porque entendí que estaba mal conmigo”.

 

***

Son las once de la mañana y el pasto de los campos de futbol del Ajusco está mojado. Los partidos de una liga  amateur han finalizado, pero se quedaron a ver el calentamiento previo al inicio del torneo amistoso de rugby femenil.

Al poco tiempo de haber empezado, las calcetas de varias jugadoras ya estaban negras por el lodo, mientras que el uniforme de los pamboleros que las acompañaban no parecía ni siquiera haberse mojado por una gota de sudor.

“¡A ver si se avientan como ellas! ¡Ellas sí son machas, no como ustedes!”, les grita un vendedor de ropa deportiva, tennis y tacos, que desde la  comodidad  de su camioneta, veía con interés el partido.

Coco confiesa que le gustaría ser más rápida en el campo. Guarda silencio y gira la cabeza para ver a sus compañeras de equipo que actualmente son seleccionadas nacionales.

“Yo entré a jugar rugby por la hija de mi comadre. Ellas fueron las que me convencieron. Cuando empecé a jugar, me veían como lo que soy: una  señora de 50 años. Realmente las adoro a todas, pero cada vez es un poco más difícil que esté a su nivel, y eso es lo natural”.

A pesar de que Coco pensaba retirarse tras el título de campeona nacional, la felicidad que esto le ha traído impide que se aleje del campo. Admite que una de las razones  para seguir trabajando es poder mantener los gastos que el rugby le exige.

“Total, soy bipolar. Puedo decidir una cosa  ahorita y otra mañana; no hay problema”, y ríe con ganas. “Estoy justificada. En este momento no quiero pensar qué sería de mi vida sin el rugby”, concluyó.

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