El infierno es azul y viene con un globo que dice “Telcel”

Por: Ana María Belaunzarán – @belaunzarana
Comunicación, 8° semestre

Una bocanada de olor a sudor me da la bienvenida a mi lugar menos favorito. El cartel publicitario -doblado por los bordes- de sonrisas fingidas no logra arrebatar mi mueca de náusea, ni siquiera para hacer un comentario agriamente sarcástico. Camino junto a él indiferente.

La fila de más de 14 personas me espera y me horroriza. “Ya qué”. Me planto en la línea e inmediatamente, y sin querer, me mimetizo con el resto de los que esperan. Adopto su misma expresión de entre pesadumbre y flojera. Incluso adquiero la misma postura de espalda encorvada y caderas chuecas.

Llevo 35 minutos y unos diez bostezos. El tiempo pesa adentro de los Centros de “Atención” a Clientes Telcel. Las manecillas se desplazan a velocidad caracol, como arrastradas por cemento.

En mis manos reposa el papelito -de esos estilo salchichonería- con mi turno en tinta roja desgastada. El sudor y mi ansiedad lo han reducido a un avioncito de papel bastante mediocre. Pero como mi celular no funciona, no tengo nada más en qué entretener mis manos, acostumbradas a moverse ociosamente, producto del multitasking y otros males que padece mi generación.

Toda clase de insultos y vituperios aparecen en mi cabeza, pero mi boca no atina a articularlas.

Llevo ya media hora y empiezo a sospechar que el monitor que marca los turnos está descompuesto. Lleva demasiado tiempo sin cambiar y todavía faltan nueve personas más antes de mí. Como que me asfixio.

Poco antes de buscar al encargado para que arregle el monitor, encuentro a la responsable de su inmovilidad. Una señora de 40 y tantos. Pompas bofas y tono agudo. Lo único que sé. Por un momento desahogo en ella todos mis pensamientos de desesperación, luego recapacito cuando veo seis ventanillas cerradas de once existentes.

Con fingida amabilidad, me acerco a la encargada -Rosita- para hacerle ver el gran número de personas que somos y las pocas ventanillas abiertas con las que cuentan. Le pido por favor que si abre otra caja. Me dice que no, sin despegar la vista de su celular que sí funciona.

Sin descontrolarme le comento, “un favor, Rosita, ¿crees que pueda hablar con alguien para pedirle que abra otra caja, que tengo bastante prisa?”. “No, no se puede”, me dice categórica, desahuciándome. Toda clase de insultos y vituperios aparecen en mi cabeza, pero mi boca no atina a articularlas. Mejor así.

Vuelvo a la fila resignada, tomo un folleto y me propongo a leerlo, pero al cabo de otros quince minutos, me indigno nuevamente y decido retomar mi petición. Llego con Rosita, que ahora masca chicle con aire despreocupado mientras habla con una tal Brigitte de la ventanilla contigua.

El imperio de las letras chiquitas y las transas legales.

Apenas me ve, Rosita se para y pretende ir a sacar copias. “Ni modo, le toca a Brigitte”, me digo. “Hola, cómo estás, un favorsostotote -le digo con ese tono de mexicano groseramente amable– “¿crees que puedas abrir otra caja, por favor?”.

Brigitte me dice que va a ver qué puede hacer. Entonces se va y yo espero. Y ahora sólo quedan tres ventanillas operando. Y sigo esperando. Son 40 minutos. No puuede serrr. Hago un berrinche -que ni Rosita ni Brigitte ven, pero iba en su honor- hago bola mi avioncito de papel con mi turno, lo aviento al bote de basura y me largo.

Entonces lo reafirmo. Estoy en una sucursal del mismísimo infierno. Que no es negro con hogueras, como siempre lo imaginé. Es blanquiazul y un enorme globo aerostático lo adorna. “Telcel”.

El lugar en donde el tiempo se suspende y la gente se transforma. El imperio de las letras chiquitas y las transas legales. Firmar uno de esos contratos es venderle tu alma al diablo. O peor.

Hoy tengo algo que agradecerle a Rosita, que tanto maldije en mi cabeza a la pobre. Me dio el empujón que necesitaba para nunca más volver a ese lugar.

Tal vez Rosita es una especie de mesías discreta y humilde que me libró de volver a poner un pie en las lúgubres tierras telefónicas de Carlos Slim.

Gracias, Rosy.

Foto de portada: Sr. Jesus (CC)

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