El milagro del ‘buen morir’ según la tanatóloga Mary Herrera Solís

Melina Vázquez – @melinavzb
Comunicación 7° semestre

Un pez flota panza arriba en la pecera que cuidadosamente mamá te ayudó a llenar. A tu corta edad no comprendes qué ha pasado. Sólo sabes que el pez se “durmió” y que ya no va a despertar. Así, confundido y con sentimientos que no puedes identificar cociéndose en tu pecho, ves cómo ese pececito dorado gira en el remolino del escusado antes de desaparecer de tu vista para siempre.

¿Será que cuando crecemos, el concepto de muerte se vuelve más claro? O más bien, se vuelve más compleja la relación con ese destino de todo mortal. Mientras se quede en los noticieros y las películas, pensamos estar conscientes de ella. Incluso creemos no tenerle miedo.

Pero cuando la pérdida irrumpe a través de alguien cercano, queda claro que esa idea es tan difícil de entender que puede incluso hacernos perder el sentido. De pronto todo se vuelve distante. Vemos el mundo por fuera y lo que nos preocupaba ayer, hoy no tiene relevancia alguna.

Con la muerte no se juega –¿o sí?–, por eso hay que recurrir a una fuente  confiable sobre el tema. María Concepción Herrera Solís —Mary, como todos le dicen— es profesora en la Ibero. Con ella podría platicar de muchas cosas, por ejemplo de derecho y leyes. Podríamos conversar sobre Dios y fe. Discutir cuestiones humanistas y de su labor como maestra. O quizá charlar sobre logoterapia y psicología existencial, pues ella cuenta con estudios sobre todos estos temas. Pero no, porque hoy con Mary quiero hablar de la muerte.

Foto por  Melina Vázquez

Foto por Melina Vázquez

Entro a una oficina blanca en el edificio T de la biblioteca de la Ibero. Los rayos de sol matutino caen amablemente a través de la ventana desde donde se miran los edificios de Santa Fe. Mary, una mujer sonriente de pelo negro y baja estatura, se sienta detrás de su escritorio y me mira con atención.

¿Por qué la muerte?

La incursión de Mary en estos temas no fue realmente un proyecto o decisión. Más bien se llevó una sorpresa cuando se percató de que la nueva clase que había aceptado dar se titulaba: El Hombre y Su Muerte. Igual que a muchos, a ella no le gustaba hablar del asunto, pero como la persona responsable que le gusta ser, se preparó para impartir la materia y así se acercó a textos de Elisabeth Kübler-Ross, la pionera en investigación de experiencias casi mortales.

No obstante, los libros y las teorías formaban una dimensión que había que superar para realmente aprender y poder hablar sobre la muerte. Así fue como empezó a tomar cursos de tanatología. Su amiga, la doctora Alma Díaz, le ayudó a propiciar el primer encuentro planeado entre Mary y alguien que se encontraba en proceso de fallecer. Así inició como tanatóloga.

Foto  por  Melina Vázquez

Foto por Melina Vázquez

¿Qué es la tanatología?

La tanatología se especializa en la muerte y ayuda a un proceso de buen morir. Como ‘buen morir’ se entiende procurar que la situación de la persona próxima a fallecer sea la más óptima. Se trata de canalizar el dolor. En su labor como tanatóloga, Mary tiene claro que su meta es empatizar. No sigue una receta. Cada pérdida es distinta porque cada humano y cada situación es única.

Es respetar la dignidad de un ser humano. Rescatar su dignidad a través de los cuidados paliativos: tener medicamentos, estar rodeado de personas cariñosas y si es posible, reducir el dolor físico.

La muerte está latente. Somos mortales. No se puede engañar al paciente y decirle que no se va a morir porque ese ‘consuelo’ puede ser también una mentira, y al engañar no se respeta la dignidad. Lo que hacen los tanatólogos es acompañar ese proceso en el buen morir y ayudar a aceptar la pérdida.

No es fácil hacerlo. Las emociones y sentimientos sí le afectan e incluso tiene que enfrentar la resistencia propia al dolor para lograr una conexión con quienes va a acompañar.

No hay manera de ser inmune a la pena: ver cómo alguien está muriendo es un recordatorio de la mortalidad. Es sentirse vulnerable. Para lidiar con el constante contacto con la muerte, Mary se apoya en Alma quien funge como contenedor. Ella le da retroalimentación, la apoya en amor y con conocimiento. Esta es una parte fundamental para Mary porque cree firmemente que no se puede dar lo que no se tiene.

Foto  por  Melina Vázquez

Foto por Melina Vázquez

El acompañamiento

Para Mary, lo más gratificante es reconocer en el rostro de las personas un sentimiento de paz. Aceptar la muerte y entender que hay que seguir adelante. En los familiares con los que trata normalmente encuentra mucho dolor, cansancio, enojo e incluso desinterés.

Matilde, quien recurrió a la ayuda de una tanatóloga cuando murió su madre, comenta que su experiencia fue buena porque pudo tener acceso a información que le fue muy útil. Recibió recomendaciones por si llegaba el momento de mayor crisis. Le sirvió mucho porque ayudó a la familia a sentirse tranquila y a entender que ya era una fase terminal. Comprendieron que podían acompañarla sin sentir culpa por su deterioro de salud. Pudieron expresar mucho más su cariño y decirle que no había de qué preocuparse. Sin duda, les ayudó a estrechar la cercanía.

Después de la partida de su madre, hubo otra sesión con la tanatóloga donde apoyó a la familia para identificar y entender el proceso de duelo. Matilde confirma que le sirvió para a encontrar paz. Mary opina que en general, cada vez hay mayor aceptación a los tanatólogos porque hay una gran necesidad de aliviar esa pena.

Durante su vida, Mary ha experimentado situaciones difíciles como presenciar la muerte de su padre y el suicidio de un joven de 17 años. Al hablar de ellas, Mary se conmueve notablemente. Son vivencias que la han dejado sin habla o preguntándose qué hace ahí. Situaciones trágicas que aunque tenga preparación en el tema, la realidad supera a la teoría. A veces tiene miedo pues no es fácil confrontar la muerte:

Es más allá que un milagro a otra dimensión. Frente a ella, solamente puedes reconocer que no somos nada.

Como el libro Martes con mi viejo profesor plantea: para aprender a morir hay que aprender a vivir. Para ello es vital entender que la muerte está ahí. Que cada uno de nosotros va a llegar a ese momento. Que la filosofía de live fast, die young, no necesariamente comprende la fragilidad de la vida y su valor.

La muerte puede compararse con el momento de nacer, según Mary, es algo indescriptible pero muy significativo. Es como ver una vela apagarse:

Ves salir el humito, pero ya no ves brillo, ya no ves luz, ya no sientes el calor. Lo percibes a través de unos ojos que ya no brillan. Es más que un milagro.

Independientemente de las creencias enteramente respetables de cada quien, entender que un día nosotros tomaremos el papel del pez muerto, puede servirnos para comprender que vida sólo hay una. Que la juventud no es eterna. Saber que en realidad la muerte siempre se está acercando. Incluso ahora, en este mismo segundo. Todo lo que podemos hacer al respecto es disfrutar nuestro aleteo en el agua antes de que sea hora de descansar panza arriba.

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