Entre Zócalo y Pino Suárez, Un Kilómetro Lleno de Libros

Por: Aida Elías Calles
Comunicación 8º Semestre

 

Vivo en la Ciudad de México. Esto no es grave.

Cada día 22,000 personas usan la estación Pino Suárez y cada día, también, el triple llega a la estación Zócalo. De entre todas esas personas, algunas se apartan del ruido y la gente amontonada de las estaciones y toman un camino conocido como el pasaje Zócalo-Pino Suárez, que conecta subterráneamente ambas estaciones.

Es un kilómetro lo que estas personas recorren para llegar más rápido de un lugar a otro. O para caminar por abajo de la ciudad, en lugar de por arriba (porque los mexicanos preferimos siempre la sombra). Pero también, algunas personas caminan mucho más lento, se detienen, regresan. Van viendo los libros expuestos permanentemente en el pasaje Zócalo-Pino Suárez.

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El también conocido como Un paseo por los libros empezó siendo, hace 38 años, la Feria Metropolitana del Libro. Se celebraba una semana de cada año en el mismo pasaje. Pero había un problema, dijo Nidia Torruca, directora general del paseo, al periódico La Jornada. El problema era que, una vez que se acababa la feria, el pasaje se llenaba de ambulantes, vandalismo y asaltos. Así fue como un buen día se decidió convertir la feria en una exposición permanente. Aún en un país de no lectores, la gente prefiere los libros a los asaltos.

Decido recorrer Un paseo por los libros un lunes a mediodía. Sus 44 editoriales, su biblioteca, el auditorio y la cafetería. Comienzo por las editoriales. Varias ofrecen material ilustrado de muy buena calidad (mi favorito). Parcifal, por ejemplo, tiene una colección ilustrada, a color y en pasta dura, de títulos clásicos como Rebelión en la granja, La metamorfosis y Fahrenheit 451. Caligrama y Kamite tienen sus estantes llenos de cómics. Caligrama está llena de cómics japoneses, de esos que se leen al revés. Kamite se distingue porque la mitad de sus libros tienen pegada una estamapa que advierte “lectura recomendada para adolescentes y adultos.

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Foto: Aida Elías Calles

Hay dos editoriales católicas, varias llenas de títulos de superación personal, libros para la gente práctica (Instalaciones eléctricas domésticas convencionales y solares fotovoltaicas por ejemplo), libros para la gente filosófica (Modernidad Líquida, de Bauman) y títulos simplemente ridículos (Adelgaza solo con la imaginación y Me divorcié por unos aguacates). 

La biblioteca no es más que tres estantes con cinco repisas cadas uno. La atiende una señora que cojea, pero que muy amablemente recomienda libros y se para de su silla para ir a buscarlos. Me pide mi IFE y le digo que no la tengo. “Cualquier otra identificación funciona”, me dice. Le doy una credencial con mi foto. Tal vez por eso, por no haber traido mi IFE, la bibliotecaria me sugiere leer algún clásico juvenil. Me enseña varios libros con letra grande. El de hasta arriba es una versión simplificada de Crimen y Castigo. Le pregunto si no tendrá algo más. 

-¿Cómo qué buscas?
-Algo menos… ¿juvenil?

Me sugiere entonces La región más transparente de Carlos Fuentes. Acepto la oferta, y voy a leer al auditorio que está al lado.

El auditorio es un lugar tranquilo para sentarse a leer o dejar pasar el tiempo. A diferencia de Zócalo o Pino Suárez, las cien sillas de plástico azul de este lugar intermedio, son silenciosas.
Tanto que puedo oír a dos ciegos que pasan caminando con sus bastones haciendo ruido como sonajas. Van particularmente callados. Él le pregunta a ella “¿estás enojada?”. Ella responde, como dicen que contestan las mujeres enojadas, “no”.  Para no entrometerme más en ninguna discusión de pareja, empiezo a leer.


La región más transparente comienza diciendo: “Mi nombre es Ixca Cienfuegos. Nací y vivo en México D.F. Esto no es grave”. Pienso en la Ciudad de México. En sus calles llenas de ruido, de humo y de sol que quema. En las 85 mil personas que se juntan en tan solo dos estaciones de metro. Pienso también en el pasaje que une a estas dos estaciones. Tan silencioso como para poder escuchar la plática en voz baja de unos ciegos. Y tan lleno de libros. Entonces siento que yo también podría iniciar un reportaje diciendo: “Vivo en la Ciudad de México. Esto no es grave.”

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