Dos horas de gargantas destrozadas con Vicentico

Por: Ana María Belaunzarán – @belaunzarana

Comunicación, 8° semestre

La gente le regala su garganta a Gabriel Fernandez Capello, “Vicentico”. La entrega a cambio de dos horas de espectáculo. Dos horas de emociones sublimadas, de recuerdos revividos. Dos horas de baile, risas y llantos alegres. Dos horas de olvido.

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La tarde cae y los últimos rayos de sol acarician la Ciudad de México. La voz que anuncia la “tercera llamada, tercera” agita a los asistentes, que se apresuran a subir las escaleras a grandes zancadas, con cuidado de que la emoción no los haga caer. Las luces se apagan, los gritos se encienden.

De entre la penumbra se adivina la silueta de Gabriel, que empieza a entonar “Ya no te quiero” con la mano en el bolsillo. Un saco encima de la camisa a cuadros y jeans medio rotos visten su alma todavía joven, rebelde y desfachatada.

Foto: Ana María Belaunzarán

Foto: Ana María Belaunzarán

Su peinado despeinado -pero ahora con una pequeña calva en la mollera- encuadra la estampa inmortal del Vicentico de los ochenta. Cuando cantaba con los Cadillacs y su música sonaba a una mezcla de ska y rock.

Entona “Viento”, “Si me dejan” y otros temas junto a su hijo, Froilán, que lo acompaña con la guitarra. Tal vez en un intento de ser el padre que nunca tuvo, Vicentico ha incluido a su hijo en los aspectos más importantes de su vida, como la música.

Cuando sigue con “No te apartes de mí” junto a su esposa Valeria Bertuccelli -que aparece sólo en la pantalla- se quita el saco para lucir el testimonio de una vida gastronómica bien llevada.

La voz de Vicentico suena enigmática -como siempre- pero dolorosa sólo como cuando canta “Basta de llamarme así” y recuerda a su hermana, Tamara.

Mientras, te canto esta canción, en tu voz, en tu honor, o en la voz, de los que estén durmiendo allí”, le dice como si estuviera ahí con él.

El público lo acompaña con la misma solemnidad. Entonces Gabriel se vuelve a poner el saco.

Finalmente, Vicentico rompe la ley del hielo para decir, “muy buenas noches a todos, ¿cómo están? Ante todo muchas gracias por haber venido, es una noche bonita y profunda para nosotros, única”.

El argentino es más reservado que arrogante. Una personalidad tipo iceberg, de la que sólo se ve una parte mientras lo demás queda oculto, entre el misterio y la intriga.

“Lo que no me gusta es como ser el centro de atención en un lugar en donde yo ya tengo suficiente con el escenario”, aseguraba años atrás en una entrevista.

Empieza “Algo contigo” y las luces color rojo visten de terciopelo el recinto que se transforma en una sala de tango y amor. Uno canta, otros gritan. La voz del intérprete se empieza a confundir con la de los espectadores que sueñan con ser él, pero se conforman ovacionándolo.

Otros temas como “Siguiendo la luna”, “Culpable” y “Esclavo de tu amor” hacen vibrar el recinto. Las canciones de Vicentico -con o sin los Fabulosos Cadillacs- ponen a bailar a todos, desde sus contemporáneos de unos cincuenta años, hasta adolescentes que no alcanzan la veintena.

“Los caminos de la vida” suena a baile y fiesta. Gabriel se anima a dar unos cuantos pasos de salsa con más emoción que gracia.

Foto: Ana María Belaunzarán

Foto: Ana María Belaunzarán

Llega “Vasos vacíos” y se presiente el final indeseado. Los aplausos finales retumban por todas partes, los músicos se despiden. Vicentico toma su saco y dice “chau” sacudiendo la mano. Pone fin a su “Último acto” y desaparece tras las cortinas.

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No queda de otra más que irse, recoger el saco y bajar las escaleras. Intentando clarear la garganta que hemos regalado, desgarrado y aniquilado.

Esperando a que alguien pregunte si agarramos una gripa, para contestar orgullosos que no, que hemos ido a ver a Vicentico y nos llevamos el mejor sourvenir: una garganta destrozada a cambio de dos horas inolvidables.

Foto de portada: Facundo Gaisler (CC)

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